Lenguas de trapo

Levanté la vista y tropecé con dos enormes ojos verdes que me observaban sin pestañear bajo la sombrilla floreada del cochecito rojo.

Era un bebé realmente precioso, rechoncho y sonrosado.  El típico niño bebé-anuncio que cualquier campaña publicitaria mostraría en uno de los productos de su línea de puericultura.

Captaría a través de aquella dulce mirada un considerable grupo de mamás compradoras potenciales dispuestas a invertir una buena parte del presupuesto de la cesta semanal en la nutrición ejemplar de sus retoños.

Cada tarde me sentaba en el mismo banco del parque con el libro abierto sobre el regazo y dejaba volar a mi mente lejos de la trama o el argumento.  Me centraba en la charla animada de las mismas mamás que frecuentaban el parque como yo cada día.  Hablaban sin parar de pesos y tallas, medidas y percentiles, de pañales y dermatitis, de atopías y de intolerancias a la lactosa.

También de nanas y de noches en vela, muy distintas de las mías que estaban repletas de soledades y vacíos, de silencios y de tristeza.

Yo aspiraba desde mi banco aquel inconfundible olor dulzón mezcla de Nenuco y papilla de galleta y plátano.  Penetraba a través de mis fosas nasales y activaba mis lacrimales que se resistían a dejar salir ni una sola lágrima.

Hacía verdaderos esfuerzos por contener la tristeza que me invadía cada vez que revivía ese tipo de escenas o cada vez que oía las risas, los balbuceos o las lenguas de trapo. Pero a la vez también las buscaba, las envidiaba y anhelaba oírlas para no quedar excluida  de ese mundo que observaba siempre desde fuera.

De vez en cuando la mamá más habladora me lanzaba miradas de soslayo invitándome a participar en su charla a las que yo respondía negativamente depositando mi vista de nuevo en la fingida lectura.

La otra mamá, más callada pero también menos prudente insertaba de vez en cuando comentarios tópicos del tipo…

-Chica, un matrimonio sin hijos es como un jardín sin flores.

-La naturaleza es sabia y da hijos a quien lo considera oportuno.

Yo tragaba saliva e intentaba no gritarle lo que pensaba realmente de sus reflexiones mientras mi corazón se aceleraba por momentos.

A veces la naturaleza también cometía errores, era injusta y algunas personas  como aquella que no me conocían de nada se atrevían a juzgar si el tener  o no hijos estaba relacionado con el funcionamiento del matrimonio.

En ocasiones la insensibilidad del género humano me dejaba perpleja.

Mi matrimonio era un jardín repleto de geranios pero por algún motivo los rosales y las margaritas no conseguían enraizar y cuando lo hacían cualquier ráfaga de viento o lluvia acababa con ellos y los arrasaba.

Todavía estaba convaleciente de mi última intervención, la quinta en ocho años y aún así me resistía a tirar la toalla, lo seguía intentando una y otra vez en una especie de tenaz obsesión convencida de que en algún momento …quizá un golpe de suerte cambiaría mi ciclo reproductivo empecinado en no responder a ningún estímulo.

Aquel inoportuno comentario en la conversación me rasgó el alma.

Yo seguía todas y cada una de las instrucciones que los ginecólogos me indicaban, nada de alcohol ni tabaco, cero toxinas, mucha fruta y verdura.

En casa no se usaban aerosoles ni ambientadores o amoníacos ni ningún tipo de sustancia nociva.  Dormía mis ocho horas reglamentarias, practicaba ejercicio físico con regularidad y mi vida era más que equilibrada pero mi aparato reproductivo seguía negándome uno de sus dones más preciados, la capacidad de crear un nuevo ser.

Había aprendido a hacer como los girasoles optimistas hasta la saciedad, siempre buscando la luz del sol amanecían cada mañana tras sus pasos y lo despedían cada atardecer sin desfallecer hasta el nuevo amanecer inclinándose sobre sí mismos en una leal reverencia.

Así me sentía yo, como los girasoles, motivada y esperanzada de día, triste y taciturna de noche en mi sed de ser madre intentando sobrellevar con dignidad lo que la naturaleza o el destino me tuviese preparado.

Una ráfaga de viento pasó las hojas del libro que tenía entre mis manos y un diminuto sombrero con un lazo rosa acabó aterrizando junto a mis pies.

Su dueña se aproximó hacia mí para recuperarlo dirigiéndome una escrutadora mirada. Como si pudiese leer sus palabras en su mirada le respondí…

Es usted muy afortunada, tiene  un bebé precioso y le extendí con delicadeza la mano con el sombrero para devolvérselo.  Ella forzó una sonrisa y me preguntó:     -¿tiene usted hijos?-

Todavía no, pero pronto, muy pronto los tendré…solo es cuestión  de tiempo.

 

Mar González.

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