EL CHIQUILLO QUE ACARICIABA LOS AVIONES

Per Montserrat Baduell Latorre

Posa sus pequeñas manitas y las desliza suavemente por la superficie lisa y brillante del ala del avión. Lo acaricia casi con reverencia, como si fuera la cosa más frágil y delicada del mundo. Sigue leyendo

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Cosas de dioses

Olimpo2Per Montserrat Baduell Latorre

ALLÁ POR EL OLIMPO

Zeus, el jefazo de todos los dioses del Partenón, estaba sentado en su trono celestial mientras miraba displicente cómo los humanos luchaban todos los días de sus vulgares existencias.  Mientras, su consorte Hera, que, como siempre, intentaba hacerle la vida imposible a algún mortal, lo observaba entre divertida y extrañada.

– ¿Qué haces, querido? – le preguntó mientras se atusaba su larga melena.

– Nada, ¡oh dulce Hera! Simplemente observo a estos mortales. Míralos. Siempre corriendo, de acá para allá, enfurruñados y taciturnos. Si yo pudiera descender a la tierra, aprovecharía para ir a todos esos sitios divertidos que se anuncian por ahí. Mira todos esos letreros luminosos que atrapan y seducen. ¡Qué daría yo por estar tan solo un día allí abajo! Sigue leyendo

EL FILANDÓN

No recordaba un amanecer tan perfecto, se asomó soñolienta a la puerta abierta que daba acceso al patio frente al monte Pajariel  la mañana no era demasiado fría pero una fina brisa la obligó a ajustarse la bata. Inspiró profundamente para llenar sus pulmones de aromas a rocío y a verde, el oxígeno que en la ciudad le faltaba.

Un sonido surgido de entre los matorrales la distrajo, parecían pisadas en la hierba. Su mirada concentrada en el paisaje se perdía en el montículo  de maleza, durante un instante le pareció distinguir agazapado a un cuadrúpedo de pelo oscuro frente a ella aunque no podía estar segura del todo. Sigue leyendo

Carta sin respuesta

campo-880x445Montserrat Baduell Latorre

 

Queridos míos,

Sé que esta carta quizá nunca tenga respuesta, que es muy probable que nunca llegue a su destino, pero hoy, en la soledad de esta tienda, siento la irrefrenable necesidad de escribirla. Las palabras mueren en mi garganta y queman mi corazón y esta es la única manera que tengo para expresar mi desaliento.

Los días transcurren monótonos entre las tiendas que conforman este triste campamento y las noches reproducen las pesadillas que ocupan mi mente. Pesadillas que hablan de muerte, de destrucción y de desarraigo.

Esto no es como habíamos imaginado, madre. El enemigo quizá es distinto pero también luchamos. Por la comida, por el agua y también contra las miradas hostiles y recelosas que nos dirigen los habitantes de estas tierras tan extrañas para nosotros.

También luchamos contra los elementos. Aquí la lluvia, el frio y la nieve son un enemigo más. Carecemos de ropa adecuada y hay muchos enfermos.

Sé que padre y tú insististeis en mi marcha para huir de esa maldita guerra y tener un futuro mejor pero a veces me cuesta mucho creer que he ganado algo con esa huida. Muy al contrario, me ha alejado de vosotros y de todo lo que me es familiar y querido. No sé si volveré a veros algún día, ni cuál ha sido vuestro destino. Tampoco sé si volveré a ver las puestas de sol de mi querida tierra, ni cuál será mi futuro.

La desolación es total y a veces, como esta noche, me siento tan solo e indefenso que mi corazón os llama y no obtengo respuesta.

Solo espero que allá donde estéis Alá os proteja y que algún día nos permita reunirnos de nuevo. Os quiero.

Vuestro hijo Rashid – campamento de refugiados en algún lugar de centroeuropa

 

El mensaje me hace sonreir.

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Por: Daniel Lerma Vilanova

 

¡Ay! Guillermo ¿Qué nos ha pasado?, exclamaba para mí, mientras paseaba Ramblas abajo. Mis pensamientos estaban en otro lugar e inevitablemente, me fui sumergiendo en ellos con un diálogo interno y penoso totalmente ajeno al ambiente ajetreado de Barcelona, mi ciudad.

<<Aquella mañana habíamos vuelto a discutir, siempre por su familia, ¡una pena! Su hermana había salido a relucir otra vez. Ella estaba empeñada en que la cuidáramos, y, desde el mismo instante que la conocí, me lo hizo saber>>

Aún tengo fresca en mí memoria aquél día en que me presentó a su madre, (ya viuda), y a su hermana, (que era a la sazón, toda la familia que él tenía). Los tres vivían en un piso de su propiedad con cuatro habitaciones y dos baños.

No tardé en darme cuenta de que, la que iba a ser mi cuñada, era un parásito de la sociedad. Había sido mimada en exceso por su padre y por lo visto nunca la dejó crecer. El primer trabajo que tuvo la “niña” fue de oficinista escribiendo informes a máquina y le duró solo un día, le dijo a su padre, llorando, que le dolía mucho la espalda y al día siguiente ya no volvió. Sigue leyendo