La boda de mi peor enemiga

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Per Montserrat Baduell Latorre

Día 1 – Hoy al entrar en la oficina me he dirigido a mi mesa y he visto que había en ella un sobre de color malva, bastante cursi, todo hay que decirlo. Muerta de curiosidad me he sentado y he abierto la misiva.

– ¡Madre mía! ¡No es posible! En ese momento creí que me daba un infarto. Resulta que mi jefa, la trepa-insoportable-niña de papá de Vanessa, ¡me ha invitado a su boda!

De inmediato me he visto intentando inventar toda clase de excusas para evitar semejante desastre. ¡Pero si además voy a tener que pedir un préstamo para el regalo y el trajecito de marras! ¡¡¡Que esta chica no se viste por menos de 1.500 € al día!!!

En ese momento terrible en el que me estaba inventando un primo que vive en Madagascar y que viene a verme precisamente ese día, alguien ha apoyado sus manos con una manicura perfecta en mi mesa.

Al levantar la vista me he encontrado con una gran sonrisa “profident” y a la susodicha Vanessa que me miraba con expectación.

– ¿Lo has visto? ¿lo has visto? – me dice con su voz un tanto chillona. ¡Quiero que vengas a mi boda! ¿Y sabes qué? ¡Vas a ser mi madrina!

– ¿Perdona? – le he preguntado con los ojos saltando de mis órbitas. ¿Esto no tiene que hacerlo una hermana, prima, amiga íntima, o algo así? Es algo importante y yo no quiero quitarle a nadie la oportunidad de…

– ¡Nada de eso! – me dice con impaciencia. ¡Serás tú! Y además ya he estado mirando vestidos y creo que tengo el que a ti te irá perfecto.

– Bueno, yo no creo que pueda… no me ha dejado terminar la frase.

– No quiero excusas Ana. ¡Ya verás como te gustará! ¡Será un día genial! Ahora mismo voy a reservar hora para mirar el traje… y se ha alejado dando saltitos como una colegiala a la hora del patio.

– Tierra trágame – he pensado mientras mis compañeros se reían por lo bajo. Haciendo una cara de circunstancias me he preparado para lo peor.

Dos semanas después – Hoy hemos ido Vanessa y yo a mirar los trajes de novia y madrina. He ido posponiendo el fatídico día, pero finalmente no he podido escaquearme. Después de varias y tediosas horas probándome vestidos imposibles y aguantando a la novia y a sus insoportables amigas, han elegido por unanimidad que todas ellas y yo llevaremos un aparatoso vestido de color rosa “pastelón”.

Madre mía, es horrible. Es como si hubiéramos retrocedido en el tiempo a los años 80. Lleva un gran lazo a un lado y es drapeado. ¡Drapeado!¡ Parezco una bombonera! Estas chicas han visto demasiadas películas americanas. Esta boda destruirá la poca reputación que tengo…

Quince días antes de la boda – Última prueba de vestuario. Menos mal que Vanessa me ha dicho hoy que el traje y los complementos me los regala ella. Me veía empeñada hasta el día de la jubilación. ¡Y encima por ese asco de traje! Una amiga mía me ha acompañado y casi se atraganta con el chicle que estaba masticando cuando lo ha visto.

– ¿En serio vas a ponerte “esto”? – me ha preguntado poniendo énfasis en la palabra “esto”

– ¡Vaya ánimos que me das!

– Hija, es que no hay por donde cogerlo. Y ese color…

– No me lo recuerdes, ¿quieres?

Dos días antes de la boda – Vanessa ha venido histérica a la oficina. ¡Le ha salido un grano en la cara! He intentado calmarla, pero ha sido peor. Le habían recetado un remedio casero y el grano en lugar de desaparecer se le ha hecho más grande. He tenido que decirle que no se veía tanto pero no es verdad… ¡pedazo de grano!

Un día antes de la boda – ¡Hoy ha venido con urticaria! Por lo visto ayer comió algo que le ha sentado mal y está a rebosar de ronchas purulentas que no paran de picar. Comparando lo histérica que está hoy, ayer estaba en estado catatónico. Encima me ha dicho que en el restaurante se habían equivocado y habían reservado menos cubiertos de los que realmente habían encargado. ¡Y yo no se que decirle! Yo soy la madrina no la Virgen de Lourdes. ¿Quién me mandaría aceptar este papelón?

La noche antes de la boda – Vanessa me ha llamado a casa. ¡Se ha peleado con el novio! Ha venido a casa y ha estado llorando hasta bien entrada la madrugada. Ya me ves a mí llamando al novio para mirar de acercar posiciones. Total, era una tontería, los nervios les han jugado una mala pasada. Sobre las cinco de la madrugada se han reconciliado y se han ido a sus casas respectivas, felices y contentos mientras yo me arrastraba por las paredes de puro cansancio. No he podido dormir y dentro de unas horas tendré unas ojeras que parecerán bolsas de “El Corte Inglés”. Perfecto porqué así harán juego con el drapeado del vestido.

Cuando me he levantado y me he calzado el traje pastelón con el lazo con el que parezco un palmón de Pascua y me he mirado en el espejo por poco me pongo a llorar. Menos mal que no he tenido que pagarlo que sí no…

He ido a casa de Vanessa para dirigirnos todas juntas a la iglesia. No me atrevía a salir a la calle, pero algo había que hacer, así que me he armado de valor y me he subido al taxi que he pedido sin mirar a nada ni a nadie. Casi me pongo una capucha para guardar el anonimato.

Me ha recibido la madre de la novia llorando a lágrima viva. ¿Qué pasa? Le he preguntado, asustada.

– ¡Se le ha roto el vestido!

– ¡No me diga! Y he ido corriendo hasta la habitación de la novia. Allí estaba ella, rota de dolor, con la cremallera totalmente desmontada y con el rimmel espachurrado resbalando por sus mejillas. En ese momento he decidido coger el toro por los cuernos.

– A ver Vanessa, quítate el vestido y déjame ver el destrozo. Me ha mirado extrañada, pero me ha obedecido. Cinco minutos más tarde estaba yo cosiendo la cremallera agradeciendo mentalmente a mi madre las nociones de costura que, a regañadientes, me había enseñado siendo una chiquilla.

Para mi sorpresa, y para todo el resto de damas de honor, novia y madre de la novia, imagino, el apaño ha quedado de lo más decente y, una vez vestida, apenas se ha notado el zurcido.

– ¡Muchas gracias Ana! ¿Ves cómo hice una buena elección? ¡La madrina perfecta! – me ha dicho, estampándome un beso en cada mejilla. Su madre me ha abrazado como si fuera de la familia. No, si al final, empezará a caerme bien…

Media hora antes de la ceremonia – Nos hemos dirigido a la iglesia. De repente el coche ha hecho un ruido muy raro, ha empezado a salir humo del capó y se ha parado. Eso ya ha sido la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de la pobre Vanessa. Ha empezado a llorar desconsoladamente y la he tenido que calmar. No hacía más que repetir que esa boda parecía estar gafada y no he podido evitar que hasta a mí me lo pareciera. Al final, con dos horas de retraso, y gracias a un mecánico que había cerca de donde el coche yacía, hemos llegado al templo, con el evidente alivio para el novio y el resto de asistentes que entre sales y tilas han rogado para que la novia apareciera.

En cuanto Vanessa ha aparecido todo el nerviosismo se ha esfumado. Finalmente, la ceremonia y el posterior convite han transcurrido sin más contratiempos y los novios han cortado la tarta y bailado el vals como manda la tradición.

Cuando nos hemos despedido, Vanessa me ha abrazado y me ha dado las gracias. Y yo, que siempre he pensado que era una niña pija y engreída, finalmente he tenido que reconocer que andaba un poco equivocada y que no es ni tan pija ni tan engreída. Me ha caído hasta bien. ¿Y sabéis una cosa? Me han enseñado las fotos y hasta el vestido pastelón me ha acabado gustando…no era tan feo a pesar de todo.

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