Vivir sin ella

QUIQUE Y SAMUEL

– Ya viene papá. ¿escuchas los pasos? – susurra Quique desde su cama.

– ¿Estará de buen humor? – pregunta Samuel.

– No te preocupes Samu, si te haces el dormido no pasará nada. Métete ya en la cama -se apresura a decir Quique a su hermano.

Los dos hermanos apagan la luz justo en el momento en el que escuchan chirriar la puerta de su habitación. Sienten su presencia aunque no se atrevan a abrir los ojos. Saben que ha bebido así que es probable que esté de malas. Si viene de buenas, quizás les de un beso en la frente a cada uno de ellos, pero prefieren no arriesgarse. Siempre es mejor hacerse los dormidos.

Se acerca primero a Quique. Es el mayor de los dos, así que mejor empezar por orden. Quique siente su aliento en la frente. Bien. Está de buenas. Un cálido beso le hace recordar otros tiempos en los que su padre jugaba con ellos dos. Aquellos tiempos ya pasaron.

Un estornudo de Samuel delata que el menor de los niños está despierto. Papá se acerca a su cama. Samuel intenta hacerse el dormido pero ya es tarde, le han descubierto.

– Hola papi – mejor dar la cara, piensa.

– ¿Qué haces despierto? – dice papá frunciendo el ceño.

– Me has despertado – se limita a decir.

– ¿Yo te he despertado? ¿Me estás diciendo que es mi culpa que estés despierto?

Oh oh.


PAPÁ

He perdido la cuenta del número de gin tonics que me he tomado. Mis dos hijos duermen en su habitación. Ya no puedo más. Estoy cansado de tanto pensar. ¿Qué voy a hacer? Debería empezar por dejar de beber. Sí, quizás me vendrá bien. Al menos ahorraría. Si ella estuviera aquí, todo sería distinto.

Me voy a la cama pero antes quiero verles. La puerta chirría cuando la abro. Primero veo a Quique en su cama. Me acerco y le doy un beso en la frente. Ella le hubiese leído un cuento antes de dormir.

Samuel estornuda.

– ¿Qué haces despierto? – le pregunto frunciendo el ceño.

– Me has despertado – me dice tímidamente.

– ¿Yo te he despertado? ¿Me estás diciendo que es mi culpa que estés despierto?

Con las palabras de mi hijo vuelvo a la realidad. Soy un mal padre. Ella lo hubiese echo mejor. Si ella estuviese aquí, habría jugado con ellos a la hora del baño, les habría leído un cuento, les habría hecho galletas para tomar con la leche antes de ir a dormir. Pero ella no está. Un maldito cáncer de pecho se la llevó. Me derrumbo. Sé que mis hijos no quieren ver esto, ni deben. Se hacen los dormidos para no verme llorar, pero no lo puedo evitar. Abrazo a Samuel y lloro con todas mis fuerzas. Veo como Quique se levanta apresuradamente de su cama y viene a unirse al abrazo. Esto no es lo que yo quería. Sin embargo aquí estoy, llorando sólo con mis dos hijos. Solos los tres. Sin ella

Cristina Pino

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