Eran más de las tres de la mañana y seguía sin pegar ojo. Posiblemente, era la noche de verano más calurosa que recordaba. En su casita de la playa, ni la brisa marina conseguía mecerla y sumergirla en los brazos de Morfeo. Ya no sabía qué hacer. Así que, saltó de la cama y decidió ponerse su vestido ibicenco y salir a pasear por la orilla, al menos le relajaría y se alejaría de sus pensamientos.

Caminó por la Playa Larga, una playa ideal para pasear, ya que en ella nunca se veía el final del paisaje. No era consciente de cuánto tiempo llevaba caminando, pero llegó a unas rocas que parecían ocultar tras de sí una cala. Sigue leyendo
Odio a Mozart. Suena “Eine Kleine Nachtmusik” y te veo pálida, sentada en el piso de la cocina rodeada de pan tostado formando un círculo, tú con dos rebanadas tapándote los oídos. Mozart a todo volumen desde la sala y dentro del acuario la colección de sellos más valiosa de papá. Intenté acercarme a ti, pero a cada rebanada que crujía a mi paso, tú te arrinconabas y gemías. La sirena de la ambulancia se fundió con tus gritos suplicando que cuidáramos tus flores, las de papel maché. Durante estos años sólo preguntaste por ellas. Te odiaba por no reconocerme nunca, por verme sin mirarme. Hoy que descubro que sólo tengo un matrimonio fracasado e hijos indiferentes, hoy comprendo tu círculo de pan, tu ira, tu miedo. Te he llevado flores al hospital, nos hemos hecho unos hermosos sombreros. Y por primera vez en tanto tiempo me miraste y dijiste: “Hija”.