Espejismos

Solo faltan dos horas. Dos larguísimas horas para otra cena estúpida a la que no me apetece ir, rodeada de personas que ni me vienen ni me van y con las que no tengo nada que compartir.

Seguramente alardearán durante el atracón de su nuevo deportivo, o de la reciente transformación del chalet de la costa por el más prestigioso decorador de interiores de BCN.

EspejismosEn el centro de la conversación, ella, como si manejase el timón de un velero en medio de la tempestad con la maestría del capitán más intrépido de los mares del Sur, con esa voz de pito que me taladra el cerebro con mensajes sin sentido ni contenido en busca de un buen partido . Mientras tanto la mayoría del personal sujeta sus copas de sorbete de cava y clava la mirada en el pronunciado escote con el pensamiento muy lejos de su monólogo y la imaginación más cerca de su ropa interior.

Me supera. Intento por todos los medios tolerar y comprender, sin embargo no acabo de digerir o tragar la inmensa sarta de mentiras, estupideces y exageraciones que salen de sus labios artificialmente carnosos con sobredosis de colágenos. Enfundada en su ceñido vestido ostentoso sin clase, extravagante cual bombón prohibitivo de selecta confitería, mientras nos observa desde las alturas, subida en sus tacones de aguja de veinticinco centímetros.

A duras penas consigo retener mis bufidos de desagrado que pugnan por salir. Fuerzo los músculos de mi cara intentando evitar que expresen en realidad lo que siento en esos momentos. Intento dirigir mi mirada hacia el lado opuesto, pero no puedo evitar ver por el rabillo del ojo con desesperación que en realidad se comporta como todos los demás.

Le tiembla la barbilla y se tensa como un lobo al ver a una hembra. Se aproxima despacio para olerla con el disimulo de coger otra copa y se deja envolver en su perfume empalagoso como el poso dulzón de una taza de café que no ha sido removido, caminando como una mosca por una mesa hacia la miel derramada mientras la mira sin pestañear, con la boca entreabierta y un aspecto bobalicón de inocente víctima.

La náusea contenida me sube desde la boca del estómago hacia la garganta, sé que no la escucha, sino que solo la mira. Mientras, el pulso se me acelera y baila del corazón a las muñecas, de las muñecas al estómago y de nuevo a la garganta en series repetidas cada vez más cortas y menos espaciadas. Noto un leve calor en mis pómulos que se irradia hasta mis ojos que están a punto de hacer saltar las chispas.

No la odio, sólo deseo firmemente que la abduzcan los extraterrestres, que le toque la lotería y se vaya a Honolulu, que la rapten los piratas en su próximo crucero…qué sé yo…que desaparezca y se evapore como el agua del mar y un viento huracanado la desplace hasta la costa de África.

Pero…mientras todo eso no pase, seguiré maldiciendo la cena de empresa de Navidad, el bullicio y el griterío de conversaciones en las que solo soy una mera espectadora.

Mientras rememoro la última cena de empresa, una torre de ropa se apila encima de la cama, en el galán de noche, sobre la silla de mi habitación. Me he vestido y desnudado doce veces y aún no sé qué ponerme.

Salgo una y otra vez al salón donde él hojea con tranquilidad un periódico deportivo.

-¿te gusta?, ¿mejor este?, ¿quizá este otro?….le digo pasando una y otra vez como una flecha delante de sus narices, a lo que responde sin siquiera levantar la vista.

-No sé…Tú sabrás… ¿Si a ti te gusta…?

Y llego a la conclusión de que no importa en absoluto lo que me ponga porque durante toda la cena sus ojos van a seguir clavados en aquel busto exuberante, reposarán en la minúscula cintura y en las incitantes caderas de la embrujadora sin escrúpulos.

Y yo no podré hacer nada más que maldecir mi genética de redondeces y curvas “boterianas” herencia femenina de mi familia paterna.

Por fin llega la hora y salgo de la habitación ya con el abrigo puesto y con un malhumor que enrarece el ambiente hasta casi poderlo cortar con un cuchillo. Me miro en el espejo del ascensor y espío sus pensamientos de reojo mientras él mira su reloj. Se acerca de manera imprevisible y me abre el abrigo separando con suavidad las solapas mientras se acerca y aspira discretamente mi perfume.

-¡Estás preciosa!- dice mientras me deposita un suave beso en el cuello.

Giro disimuladamente la cara y veo mi imagen en el espejo mordiéndose el labio para evitar que una única lágrima consiga salir de mis ojos.

Mar González

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