En ese momento no sabría decir qué me molestaba más, si la arritmia que me había provocado el despertarme de golpe con el sonido del timbre, si plantearme como una opción real el salir de la cama y ver quien era o, si por el contrario, los ladridos incesantes del asqueroso chihuahua que habíamos rescatado de la perrera y que respondía al nombre de gato, aunque yo le llamaba pepe, iniciales de puto perro.
El timbre volvió a sonar, esta vez con un tono mucho más molesto. Mis dudas quedaron despejadas, lo que más me molestaba era levantarme. Me puse los primeros pantalones que encontré en la silla sin mirar si quiera si era pijama, chándal o leggins de alguna de mis hijas, y así, a pecho descubierto, me dirigí a ver quién perturbaba mi único momento de tranquilidad en todo el día. Seguramente mi hija Rebeca se había vuelto a olvidar las llaves, lo cual la desheredaba ya para siempre. Sigue leyendo
— ¡Ding, dong!
La cápsula se vacía rápido pero mis pulmones no, siguen encharcados de aquella cosa tan viscosa. Por unos segundos temo por mi vida, hasta que logro expulsar por la boca aquella especie de líquido amniótico en el que llevo tanto tiempo sumergido. Al hacerlo siento tal sensación de alivio que hasta me mareo.
Des de la meva finestra estant el veia: segur d’ell mateix, el seu caminar ostentós, el cap aixecat amb gallardia, les seves maneres prepotents denotaven el que era. Vivia al carrer, i havia après a sobreviure de una manera extraordinària. Valent i caut alhora, tothom el respectava. El seus ulls penetrants i dolços sense mesura, i els seus bigotis erectes i masculins acabaven d’arrodonir tot el seu carisma i personalitat.