

Por: Daniel Lerma Vilanova
¡Ay! Guillermo ¿Qué nos ha pasado?, exclamaba para mí, mientras paseaba Ramblas abajo. Mis pensamientos estaban en otro lugar e inevitablemente, me fui sumergiendo en ellos con un diálogo interno y penoso totalmente ajeno al ambiente ajetreado de Barcelona, mi ciudad.
<<Aquella mañana habíamos vuelto a discutir, siempre por su familia, ¡una pena! Su hermana había salido a relucir otra vez. Ella estaba empeñada en que la cuidáramos, y, desde el mismo instante que la conocí, me lo hizo saber>>
Aún tengo fresca en mí memoria aquél día en que me presentó a su madre, (ya viuda), y a su hermana, (que era a la sazón, toda la familia que él tenía). Los tres vivían en un piso de su propiedad con cuatro habitaciones y dos baños.
No tardé en darme cuenta de que, la que iba a ser mi cuñada, era un parásito de la sociedad. Había sido mimada en exceso por su padre y por lo visto nunca la dejó crecer. El primer trabajo que tuvo la “niña” fue de oficinista escribiendo informes a máquina y le duró solo un día, le dijo a su padre, llorando, que le dolía mucho la espalda y al día siguiente ya no volvió. Sigue leyendo