Perdida en Londres

Per Montserrat Baduell

Siempre he sentido fascinación por las Islas Británicas. Como amante de la Historia, en mayúsculas, me han atraído las trifulcas, batallas y leyendas de ese conglomerado de pequeñas naciones que forman el Reino Unido. Quién sabe, igual tengo raíces sajonas… ¡y yo sin saberlo!

Así pues, a los dieciocho años, en cuanto fuimos mayores de edad, y junto con mis compañeras de instituto, programamos un viaje a Londres.

Fue un viaje corto pero intenso. Recuerdo que bajamos del avión de madrugada y que la capital británica dormía cuando llegamos al hotel, un magnífico edificio victoriano que parecía salido de la serie televisiva “Arriba y abajo”.

Mis amigas y yo, emocionadas ante nuestro primer viaje al extranjero, no dejábamos de admirarlo todo y comentar alucinadas lo que estábamos viviendo.

Al día siguiente, muy temprano, nos levantamos y una vez desayunadas nos propusimos visitar la Torre de Londres. Mala elección, pues solo hay dos días al año que está cerrada y mira por donde fuimos en uno de ellos: Viernes Santo.

A pesar de la desilusión, paseamos por los alrededores del magnífico monumento y admiramos el paseo lateral junto al Támesis, que da a la “Verja de los traidores”, trágico destino de los que, en tiempos pasados, osaban desafiar a la Corona.

De repente, alguien dijo:

– ¿Dónde está Ana?

Todas nos miramos, buscando una respuesta que no encontramos. Buscamos a derecha e izquierda, entre la riada de gente que se agolpaba en el lugar. Cientos de turistas caminaban arriba y abajo pero no había ni rastro de nuestra amiga.

Tras unos momentos de tensión, me di cuenta de la prenda de ropa que llevaba. Antes del viaje, sería por la euforia, sin duda, me compré una cazadora de color fucsia intenso. La que vestía en ese momento. Así pues, ni corta ni perezosa, me subí a un banco del paseo, con mi chaqueta, que era de todo menos discreta, buscando a Ana y esperando que me viera por encima del gentío.

Tras unos momentos angustiosos que se hicieron eternos y en lo que todas nos imaginamos corriendo por todo Londres y acabando en Scotland Yard, un brazo se elevó entre la multitud.

– ¡Montse! ¡Aquí! – oí que gritaba una voz asustada.

– Chicas ¡está allí!

Con gran alivio nos reunimos todas de nuevo. Lo que podía haber sido un gran problema no dejó de ser una anécdota.

Desde entonces siempre decimos que mi “marchosa” chaqueta fucsia fue el faro que hizo que Ana nos encontrara y, sin duda, siempre es motivo de comentarios cuando recordamos ese viaje.

 

TowerOfLondon1

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