ACOSADA

Per Montserrat Baduell

María salió ese día totalmente desmoralizada del trabajo. Ella, que se dejaba la piel y, por qué no decirlo, gran parte de su vida en esa oficina, no se merecía el trato vejatorio y discriminatorio que sufría.

Guillermo, su jefe, nunca había dejado de molestarle. A los pocos días de contratarla, empezó a acosarla. Primero con sutiles insinuaciones a las que ella no respondía. Luego las sutilezas fueron sustituidas por tocamientos más o menos fortuitos. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, que exageraba, que no había para tanto, pero, poco a poco, se fue dando cuenta de que no era normal que él se tomara tantas confianzas con ella.

Finalmente, un día, cuando ambos estaban solos en el despacho, su jefe aprovechó que ella buscaba un expediente de espaldas a él y la sorprendió  contra la pared y manoseándola sin miramientos. Ella, asustada, intentó zafarse sin éxito hasta que, por suerte, alguien llamó a la puerta y Guillermo tuvo que apartarse, lo que ella aprovechó para salir corriendo del despacho.

Sus compañeros la vieron salir, azorada y llorosa y rápidamente le preguntaron qué había pasado, a lo que ella contestó que nada, que no había pasado nada. María necesitaba el trabajo y no se atrevió a confesarles que había sido víctima de un acto de acoso sexual.

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A partir de ese día, su jefe se lo puso más difícil. Le daba los trabajos más complicados, la cargaba de obligaciones y siempre que podía la dejaba en evidencia delante de sus compañeros. Ella soportaba estoicamente sus abusos y cada día cuando salía de la oficina, a veces mucho más tarde que sus compañeros debido al exceso de trabajo, rezaba para que algún día un milagro la librara de esa tortura.

Empezó a buscar otro trabajo. Dio voces a sus amigos, envió cientos de currículos a multitud de empresas, pero era complicado. El mercado laboral estaba fatal. Mientras, hacía lo posible por superar día a día, el desgaste emocional que representaba ir al trabajo. Guillermo seguía lanzándole miradas que no dejaban lugar a dudas sobre sus intenciones y, ante su negativa, seguía con su maltrato psicológico.

Un día, al salir del trabajo, una compañera le preguntó directamente qué le había pasado con Guillermo para que la tratara de esa manera.

– No tengas miedo, puedes confiar en mí. He oído cosas, ¿sabes?

– ¿Qué clase de cosas? – le preguntó María

– Hace un tiempo, una chica que habían contratado, se despidió de un día para otro sin dar explicaciones. No vino ni a buscar el finiquito. La gente comentó que Guillermo se había encaprichado de ella y que… bueno, se había propasado. ¿Te ha pasado algo parecido?

María la miró, suplicante. De sus ojos entonces empezaron a brotar las lágrimas que había estado tragando durante tanto tiempo. Con un hilo de voz le explicó lo que le había ocurrido y su compañera se escandalizó.

– ¡Pero, ¿cómo no has dicho nada?! – le dijo abrazándole cariñosamente mientras María daba rienda suelta a su dolor.

– ¡Porqué necesito el trabajo!

– ¡Tienes que denunciarlo!

– ¡No! ¡Es su palabra contra la mía! ¡No tengo pruebas! Con suerte me quedaría sin trabajo y además tendría que soportar la humillación de hacerlo público.

– No eres la primera que lo ha sufrido. Y no serás la última si alguien no toma cartas en el asunto.

María no dijo nada pero los días que siguieron no dejó de pensar en lo que le había contado su compañera. Así que, se armó de valor y le preguntó si habría alguna manera de contactar con la chica que se despidió.

– Es posible – le contestó arqueando la ceja. ¿Lo harás? ¿Lo denunciarás?

– Si puedo aportar pruebas, lo haré.

A los pocos días, Sonia, su compañera, le dio un nombre y un número de teléfono.

– Toma. Se llama Marta y este es su teléfono. Dile que llamas de mi parte. Nos hicimos bastante amigas durante el poco tiempo que trabajó aquí. Ya me contarás.

En cuanto llegó a su casa, María marcó el número, antes de tener la oportunidad de arrepentirse y esperó a que contestaran. Cuatro, cinco, seis tonos y, cuando ya iba a colgar, alguien contestó.

– ¿Diga?

– Buenas tardes, me llamo María y te llamo de parte de Sonia, que trabajaba contigo en la empresa “Montesol Asociados”. ¿Te acuerdas de ella?

– Sí, claro que me acuerdo. Hola, dime en qué puedo ayudarte.

María le explicó sucintamente lo que le había pasado. Al otro lado de la línea notó que Marta contenía la respiración y tardaba unos segundos en contestar. Por fin, tras unos momentos que se le hicieron interminables, le habló.

– Mira María, siento lo que te ha pasado. A mí me ocurrió una cosa similar, la diferencia es que en ese momento estábamos solos en la oficina y pasé mucho miedo. Con la excusa de que había mucho trabajo y que tenía que enviar urgentemente unos correos me pidió que me quedara un rato y lo hice. Desgraciadamente no tengo ninguna prueba del acoso de la que fui víctima, por lo que me pasa como a ti.

– Si consigo una prueba, ¿me apoyarás? – le preguntó de repente María. Se le había ocurrido una idea pero necesitaba de la complicidad de sus compañeras.

– Por supuesto. Si tenemos con qué acusarle, allí estaré. No podemos permitir que se salga más con la suya. ¿Qué quieres hacer?

– Tengo que madurarlo. Cuando lo tenga claro te informo.

María lo estuvo pensando algunos días. Finalmente, reunió a su compañera y a Marta y les explicó su plan.

– Pero, ¿no será arriesgado? – le preguntó Sonia.

– Prefiero arriesgarme a tener que vivir con el miedo constante en el cuerpo. Guillermo merece un buen escarmiento y no se me ocurre otra cosa.

Quedaron de acuerdo y se despidieron.

Pasaron un par de semanas y una tarde María se quedó hasta más tarde en la oficina. Guillermo estaba en su despacho y, al cabo de un rato, cuando el resto del personal se había ido, la llamó.

– María, por favor, ¿puedes venir un momento a mi despacho? Tengo un problema con el ordenador.

Ella respiró hondo y tragó saliva. En cuanto entró, Guillermo cerró la puerta y la miró largamente.

– Por fin solos, ¿eh? – le dijo con una sonrisa más parecida a una mueca.

– ¿Qué problema tienes, Guillermo? Tengo mucho trabajo y quiero irme pronto a casa.

– No te hagas la loca, nena, sé por qué te has quedado. ¡No disimules!

– Perdona, pero no te entiendo. ¿Me dices lo que le pasa al ordenador o me voy?

– Ven aquí y no te hagas la estrecha. Tu deseas lo mismo que yo, lo veo en tus ojos – le dijo acercándose cada vez más.

– Hasta mañana Guillermo. No tengo tiempo para bromitas – le contestó fingiendo una seguridad que no sentía y dirigiéndose con rapidez hacia la puerta.

Pero él fue más ágil y le cerró el paso. La agarró con fuerza y la empujó violentamente contra el sofá que había al lado.

Cuando se dio cuenta, Guillermo ya estaba encima de ella, aprisionándola con sus brazos. María entonces gritó con todas sus fuerzas pidiendo ayuda por si alguien podía oírla. Forcejeó, y en cuanto pudo, sacando fuerzas no sabía de donde, le propinó un rodillazo en la entrepierna. Inmediatamente, Guillermo la soltó y ella aprovechó ese momento para salir rápidamente del despacho.

No perdió ni un segundo. Cogió el bolso y salió a escape de la oficina, temblando todavía y con el corazón a mil por hora.

Al día siguiente, en cuanto llegó al trabajo, le hizo una señal a Sonia y ambas entraron en el despacho del acosador.

– Buenos días, ¿podemos pasar? le preguntaron educadamente.

– Por supuesto, buenos días – les contestó con una sonrisa de satisfacción y mirando intensamente a María. Ella se dio cuenta de no había ni un ápice de arrepentimiento ni vergüenza por el comportamiento de la tarde anterior en su rostro. – ¿Qué puedo hacer por vosotras?

– Tienes una visita aquí fuera. Preguntan si puedes salir un momento.

– ¿De qué se trata?

– No sé, pero creo que te puede interesar – le contestó Sonia con una sonrisa.

– Venga, va. A ver qué quieren.

Con aire de prepotencia salió del despacho. Para su sorpresa, se topó con un hombre vestido de paisano franqueado por un par de policías de uniforme.

– Perdonen, pero ¿en qué puedo ayudarles? – les preguntó extrañado.

– Buenos días, ¿es usted Guillermo Pérez?

– Sí, yo mismo. Si quieren, podemos pasar a mi despacho.

– No será necesario. Traemos una denuncia contra su persona por acoso sexual – y a continuación le mostraron un documento.

– ¿Cómo dice? – le contestó riendo nerviosamente. Debe tratarse de un error.

– Ningún error. Una trabajadora de esta empresa le ha denunciado y otra ex trabajadora ha apoyado esta denuncia y se ha sumado a la misma.

– ¡Esto huele a venganza! ¿Quién ha sido? – preguntó mirando directamente a María. ¡Todo es falso! ¡Alguna resentida o algo peor! ¡No tienen pruebas!

– Pues la verdad es que sí que las tenemos. Existe una grabación efectuada por la víctima y que no deja lugar a dudas, ¿quiere escucharla?

Guillermo inmediatamente cambió la expresión de su cara y se derrumbó. María se dirigió a él.

– Nos veremos en el juzgado. No creas ni por un momento que te vas a librar del castigo que mereces.

Habían pasado varios meses desde ese momento. María se había despedido de la empresa y a las pocas semanas encontró un nuevo trabajo en el que se encontraba a gusto. Esa tarde, llegó a casa y se sentó en el sofá, cansada pero satisfecha. En ese momento, oyó el sonido que indicaba la recepción de un mensaje de whasapp. Era de Sonia. Al momento, lo leyó:

“Guillermo, despedido. El director de la empresa lo ha echado sin indemnización y lo ha hecho público exponiendo el motivo del despido en el tablón de anuncios. Los trabajadores alucinan.”

El mensaje hizo que maría sonriera y que dejara de pensar en Guillermo.

 

Este relato es pura invención y he hecho que acabe bien para la víctima, así como que castigue al acosador por su delito. Por desgracia, no siempre es así. La mayoría de las veces la víctima tiene miedo a denunciar, a las burlas o a la crítica. Tiene miedo al mismo acosador, que casi siempre sale bien parado y cuya presencia, también casi siempre, tiene que soportar la acosada en su día a día.

Por eso, es fundamental denunciar. Tratar de buscar ayuda y apoyos para lograr que esa persona reciba su castigo y no vuelva a cometer estos abusos.

 

 

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Un comentario en “ACOSADA

  1. ¡Bravo! Bien expuesto el tema y no dejas lugar a dudas los acosadores no deberían campar a sus anchas. La hombría se demuestra de otra manera. Ser persona respetuosa, antes que nada sería una de ellas.

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