Era cuestión de tiempo que a mi vecina Virginia le regalaran aquel animal. Llevaba años obsesionada con ellos y, por fin, cuando cumplió los 11 años, sus padres consiguieron regalárselo. Me consta que no les fue fácil ni barato ni legal hacerlo. La llamó Princesa Beyoncé. La niña era feliz, por fin tenía lo que siempre quiso y, además, pasó a ser la niña más conocida de nuestra urbanización. Dos pájaros de un tiro.
Virginia adoraba a su nueva mascota, a su nuevo juguete de 10 kilos. La mimaba, la lavaba, le ponía un lazo rosa y la sacaba a pasear, dormía con ella, le daba de comer y hacía con ella todo lo que un niño cariñoso puede hacer con un animal.
Todo cambió cuando Princesa Beyoncé se hizo grande. La niña se cansó de ella, sacarla a hacer sus necesidades empezaba a ser un problema, los vecinos se habían acostumbrado a su presencia y ya no llamaban la atención y, debido a los más de 250 kilos del animal, ya no se podía jugar con ella con facilidad, ni siquiera meterla en la cama, donde no cabía. La gota que colmó el vaso fue cuando Princesa Beyoncé quiso montar al basset del vecino, rompiéndole las dos patas traseras al pobre perro. Entonces sus padres se vieron obligados a contarle la oscura verdad a su preciosa e inocente hija, una verdad que llevaban 3 años ocultando. Princesa Beyoncé era príncipe. Era un macho. Esto casi mata del disgusto a la pobre Virginia y, traumatizada, quiso desprenderse de él. Así fue como Virginia consiguió su pony y se deshizo de su hipopótamo pigmeo. Sigue leyendo →