La adopción

imagesEra cuestión de tiempo que a mi vecina Virginia le regalaran aquel animal. Llevaba años obsesionada con ellos y, por fin, cuando cumplió los 11 años, sus padres consiguieron regalárselo. Me consta que no les fue fácil ni barato ni legal hacerlo. La llamó Princesa Beyoncé. La niña era feliz, por fin tenía lo que siempre quiso y, además, pasó a ser la niña más conocida de nuestra urbanización. Dos pájaros de un tiro.
Virginia adoraba a su nueva mascota, a su nuevo juguete de 10 kilos. La mimaba, la lavaba, le ponía un lazo rosa y la sacaba a pasear, dormía con ella, le daba de comer y hacía con ella todo lo que un niño cariñoso puede hacer con un animal.
Todo cambió cuando Princesa Beyoncé se hizo grande. La niña se cansó de ella, sacarla a hacer sus necesidades empezaba a ser un problema, los vecinos se habían acostumbrado a su presencia y ya no llamaban la atención y, debido a los más de 250 kilos del animal, ya no se podía jugar con ella con facilidad, ni siquiera meterla en la cama, donde no cabía. La gota que colmó el vaso fue cuando Princesa Beyoncé quiso montar al basset del vecino, rompiéndole las dos patas traseras al pobre perro. Entonces sus padres se vieron obligados a contarle la oscura verdad a su preciosa e inocente hija, una verdad que llevaban 3 años ocultando. Princesa Beyoncé era príncipe. Era un macho. Esto casi mata del disgusto a la pobre Virginia y, traumatizada, quiso desprenderse de él. Así fue como Virginia consiguió su pony y se deshizo de su hipopótamo pigmeo.Ahí es donde entraron mis padres. No me consultaron pero ellos intuían que si me regalaban aquel pequeño gran mamífero de segunda mano me harían un grandísimo regalo. Nunca jugué con coches, muñecas, pelotas o cocinitas, me aburrían. No me llamaban la atención. Me habían llevado a 3 psicólogos y yo seguía pasando las horas muertas mirando la tele. No era feliz. Con Felipe todo cambió. Con él descubrí que los juguetes me aburrían porque no tenía con quién compartirlos. Con él descubrí que era la amistad y la felicidad. Desde ese momento todo fue distinto. Dejé de ser un vegetal en el sofá y me convertí en un niño.
Y sí, le llamé Felipe.
Muchas cosas cambiaron en casa. Adaptamos nuestra pequeña piscina para que él pudiera entrar y salir a su gusto. Empezamos a comprar fruta al por mayor y para hacer su caseta casi tenemos que contratar un arquitecto, pero verlo perseguir un balón por el jardín valía cualquier esfuerzo.
Cuando estaba triste, hacía ruiditos para animarme. Si estaba cansado, se tumbaba a mi lado y si quería reír, ahí estaba él, para comerse la cabeza de mis muñecos, cosa que por la razón que fuera me hacía mucha gracia… sobretodo cuando veía las caras de los playmovil entre las heces. Cosas de niños, supongo.
Cada vez que lo veo salir de la piscina cuando me ve se hace más fuerte mi pensamiento de que nadie, jamás, nunca, en la vida, ha tenido, tiene o tendrá un amigo como Felipe.
Mis padres podrían haberme comprado un perro. Seguramente hubiera tenido un efecto parecido al de mi hipopótamo pigmeo. Quizás hasta sería más divertido tirarle palos para que lo fueran a buscar. Pero mis padres optaron por lo difícil. Quisieron regalarme un ser único, sin igual en todo el barrio. Alguien especial, como yo. Alguien diferente, como yo. Sí, seguramente un perro hubiese sido genial, pero perros tiene todo el mundo. Yo necesitaba a alguien que me recordara que se puede ser feliz fuera de mi hábitat, alejado de mis costumbres…que se puede hacer vida normal a pesar de haber perdido algo. Felipe perdió su entorno, su familia y su clima. Lo perdió todo cuando fue cazado para Virginia. Yo “solo” perdí el brazo izquierdo. Sin mi familia, seguramente él hubiera acabado en un zoo o vuelto a un hábitat que ya le era ajeno y donde no hubiera sobrevivido. Yo, sin él, estoy seguro que no hubiera sobrevivido al cáncer.

José Ramón Vera

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