El problema del caballo

images─Bien, explíquenos, ¿en qué momento supo que quería dedicarse a la ciencia?
Me han hecho esa pregunta muchas veces y aunque sé la respuesta, es tan larga de explicar que acabo siempre contestando con un simple “no sabría decirte”, pero en esta ocasión siento la necesidad de explicar cómo empezó todo, en qué momento mi cerebro hizo clic, y todo mi universo se llenó de fórmulas y logaritmos.
Acabo de terminar mi segunda carrera, la de física, y esta es mi primera entrevista de trabajo. Quiero trabajar en esta empresa, necesito estar en su grupo de investigación, el mejor del país en el sector de la adaptación de métodos abstractos a la solución de problemas prácticos. Esta vez sí me apetece explicarles por qué soy un hombre de ciencias. Me tomo unos segundos para reflexionar la respuesta mientras mi cerebro ya se ha ido 17 años atrás, cuando cursaba cuarto de primaria.
Aún conservo en la memoria cada detalle de aquel día, el ruido de la tiza chocando contra la pizarra, la textura del yeso entre mis dedos y el olor de aquel bocadillo de chorizo que compartimos el señor José Luis y yo. Aún hoy, todo lo que sucedió, me sigue pareciendo magia.
Llevábamos media hora de clase de inglés con la señorita Elena, aunque ella se empeñaba en que la llamáramos Hellen. Una bruja es una bruja independientemente del idioma en la que se la nombre. Se estaba haciendo soporífera la lección. El present continuous y las ganas de que llegara la hora del recreo me martilleaban en la sien con un mazo. Creo que jamás he tenido tantas ganas de matar a alguien como aquel día con Hellen. No porque fuera mala profesora, que también, simplemente para que pasara algo, a ver si el tiempo avanzaba. Parecía que se había detenido en un bucle en presente continuo.
De repente alguien entró dando un portazo. Nos pilló a todos distraídos y más de uno se echó la mano al corazón, del susto. Se trataba de José Luis, el profe de matemáticas del ciclo superior. Un hombre orondo, de despreocupada y frondosa barba pelirroja bajo unas gruesas gafas, una chaqueta de cuadros con coderas, muy pasada de moda, y una pajarita a juego. Aún no nos daba clase, pues solo daba a los más mayores del cole pero yo le conocía porque era el profesor de la extraescolar de ajedrez. Todos, incluido yo, lo tomábamos por un loco. Ese día, mi percepción de lo que era la locura, cambió.
─¡Perdona Elena!, lo siento… ¡pero casi lo tengo!─dijo mientras borraba sin permiso todo lo que la profesora de inglés había escrito en ella ─Creo que lo tengo, creo que lo tengo.
Parecía poseído. Empezó a dibujar en la pizarra verde un gran marco, que a su vez dividió en 64 cuadrados iguales. Hellen le gritaba y le recriminaba que interrumpiera así su clase. Los demás niños, tras unos segundos en silencio propios de la sorpresa por aquella extraña situación empezaron a chismorrear sobre la demencia del pelirrojo profesor, subiendo poco a poco el volumen de sus burlas.
José Luis empezó a trazar líneas en aquella locura de cuadros. Parecían rayas puestas al azar. Realmente parecía que se había vuelto loco, al igual que Hellen, que gritaba como una posesa al pobre maestro, pero este parecía no inmutarse.
De repente, se hizo el silencio en mi cabeza y mi vista solo era capaz de enfocar aquellas cuadrículas, sin apenas percibir nada más de lo que había a mi alrededor. En aquel momento, en aquel preciso instante, supe ver lo que estaba tratando de hacer aquel hombre con coderas. Había dibujado un tablero de ajedrez y el resto de líneas en forma de ele era los movimientos del caballo. Parecía tratar de hacer pasar el caballo por todas las casillas del tablero una sola vez, sin repetirse. Llevaba muchísimos movimientos ya, aunque parecía que se había encallado cuando solo le faltaban unos pocos recuadros libres.
Me fui acercando lentamente a él. De forma borrosa veía mover la boca a mis compañeros pero no era capaz de oírles, no podía apartar la vista de aquel tablero y de José Luis, que parecía desanimarse por momentos. Como si la razón por la que había sentido la necesidad de entrar de golpe en aquella clase, se hubiera difuminado.
Mientras me acercaba a la pizarra debió sonar el timbre que anunciaba el recreo, porque todos mis compañeros salieron corriendo de la clase. Yo seguía sin oír nada. Hellen también salió del aula, con gesto desafiante y el ceño fruncido. José Luis, en cambio, se quedó allí, mirando su tablero. Me puse a su altura y cogí una tiza. Solo en ese momento José Luis volvió a la tierra y pestañeó. Yo hice el siguiente movimiento del caballo, en el que él se había quedado clavado.
─Si lo mueves aquí, los siguientes movimientos salen solos, ¿ves? ─Le dije mientras dibujaba en dos dimensiones los futuros saltos del caballo. El miraba la pizarra mientras lo hacía y se le iba dibujando una sonrisa.
Quedaban solo dos movimientos y le di la tiza al José Luis, para que hiciera él los honores de acabar aquella orgía de líneas y cuadros. El aceptó encantado. Estaba feliz.
Cuando acabamos, dimos dos pasos atrás para contemplarlo en su esplendor. Aquella pizarra llena de garabatos y de rayas tenía algo bello, algo mágico. Podría definirla como…, parecía.., era… ¡poesía!.
Nos sentamos ambos en los primeros pupitres de la clase a ver lo que habíamos hecho. Yo partí mi bocadillo de chorizo y le di la mitad a él, que aceptó encantado. Enseguida se le llenó su poblada barba pelirroja de migas, que al juntarse con el polvo de la tiza que se había quedado atrapada en ella, le daba un aspecto de dejadez propio de un científico loco. En ese momento yo también quise serlo.
─Esto que hemos resuelto es el Problema del Caballo. Es un antiguo problema matemático en el que se pide que, teniendo una cuadrícula de NxN casillas y un caballo de ajedrez colocado en una posición cualquiera ( x, y ), el caballo pase por todas las casillas y una sola vez. Lo que resulta en N2-1 movimientos ─Me explicó, como si yo supiese de qué me estaba hablando.
─¿Y para qué sirve?─pregunté ingenuo.
─Para nada ─y volvió a admirar nuestra obra con una gran sonrisa.

 

Vuelvo de golpe al mundo real. Me temo que he estado pensando la respuesta más de lo normal. Los de la entrevista de trabajo pensarán que soy imbécil. Aquel tipo de pelo canoso y nariz aguileña, volvió a repetir la pregunta.
─Disculpe, sr. Canuda, ¿En qué momento supo que la ciencia era lo suyo?
─Pues verá, ¿ha oído hablar del Problema del Caballo?

José Ramón Vera

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2 comentarios en “El problema del caballo

  1. ¡Bravo! ¡Enhorabuena! ¡Una escena muy bien construida! ¡Te transporta a ese aula en segundos y te mantiene intrigada a cada paso! Palabras muy bien escogidas! Me ha encantado! 😉

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  2. ¡Excelente! Me ha gustado, ya lo oí en su día. Y me vuelvo a ratificar en mi opinión. Tu narrativa es ocurrente y llena de matices y destellos intelectuales. Encantado de leerte Jose

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