Eran las tres de la madrugada cuando una llamada telefónica, despertó al inspector de homicidios de la Jefatura de Policía perteneciente al Baix Llobregat. Tenía la costumbre de tomarse dos o tres cubatas de whisky antes de ir a la cama. Era como tomarse una pastilla para dormir, «tú te tomas una pastilla para dormir, ¿no?, pues yo me tomo tres cubatas», solía decir a quién le recriminaba tal hecho. Pedro Hernández reconoció la voz de su subordinado Juan C. Ibáñez al otro lado de la línea:
-¡Inspector, soy Juanki, oye han encontrado el cadáver de una joven en un hueco de la escalera del piso donde vivía! ¡Un vecino vio un bulto extraño en el hueco que hay detrás del ascensor y nos ha llamado!- le dijo su subordinado.
-¡Joder ahora que había cogido el sueño!, dame la dirección Juanki- le dijo el inspector. Sigue leyendo

Ara quan miro enrere, tot plegat em sembla una broma. Una broma pesada que va a estar apunt de tenir conseqüències, i que potser ben mirat, podríem dir que si que en va tenir, però això seria el final de la historia i ara val mes anar per ordre.
Aquella tarde de martes Germán me llamó a su despacho. Parecía más nervioso de lo habitual, pero como su mujer llevaba un mes en coma tras un brutal accidente de tráfico, no le di mucha importancia. Sudaba mucho, transpiraba poco y hablaba atropelladamente. A pesar de ser amigo de mi familia de toda la vida, la verdad es que entre él y yo solo había un hola y un adiós a las salidas y entradas del ascensor. Por eso era más extraño que me llamara a su despacho ya que mi labor en la empresa no estaba estrictamente bajo su supervisión.