El maletín

imagesAquella tarde de martes Germán me llamó a su despacho. Parecía más nervioso de lo habitual, pero como su mujer llevaba un mes en coma tras un brutal accidente de tráfico, no le di mucha importancia. Sudaba mucho, transpiraba poco y hablaba atropelladamente. A pesar de ser amigo de mi familia de toda la vida, la verdad es que entre él y yo solo había un hola y un adiós a las salidas y entradas del ascensor. Por eso era más extraño que me llamara a su despacho ya que mi labor en la empresa no estaba estrictamente bajo su supervisión.

-Tienes que hacerme un favor, Luis- me dijo mientras secaba su sudor del cuello.

-Claro Germán, dime.

-Verás- Aún dudaba si decírmelo o no- Es complicado… no es nada relativo al trabajo… pero te lo pagaría muy bien.

Las palabras “te lo pagaría muy bien” revoloteaban por mi cabeza en forma de fajo de dinero con alas cuando me oí decir: “De acuerdo”, sin saber muy bien donde me metía . Lo había pasado fatal el último año. Yo había conocido tiempos mejores, había sido un importante hombre de negocios en el sector inmobiliario, pero todo se fue a la mierda el día que tuve que entregar al banco todo el dinero que había ahorrado para mi macro-faraónica boda si quería evitar que le quitasen a mi hermano la casa. Él la había perdido en un asunto de faldas y juego, del que no quiso darme muchos detalles nunca. Perdí mis ahorros, la boda soñada por Cristina y finalmente, a ella, que cansada de esperar a que la llevara al altar decidió caer en los brazos de otro señor. Un antiguo novio suyo, al que ella llamó “el amor de mi vida”.

-Gracias Luis- dijo aún incrédulo- Te prometo que si yo pensara que puedo perjudicarte de alguna forma, no te lo pediría.

Tras un gran apretón de manos me dio un maletín negro, de piel, de los buenos. “Solo tienes que guardarlo en tu casa esta noche. Mañana irá una mujer a buscarlo. Nada de preguntas, por favor”. Yo había visto suficientes películas como para saber dos cosas, la primera era que el fin del mundo empezaría en Nueva York. La segunda, que guardar maletines no solía llevar a nada bueno. Aún así, accedí cuando Germán me prometió 250.000 euros si lo hacía.

No debí coger el metro, pensaba mientras abrazaba el maletín con fuerza en mi asiento. Lo que hubiera dentro valía mucho dinero… tanto como para haber cogido un taxi e ir más tranquilo. No quería saber que transportaba.

Me bajé en mi parada, en Penitents, como cada día. Al salir, todo parecía más oscuro de lo normal, más solitario. Había más sombras y más sitios donde alguien pudiera permanecer oculto esperando mi llegada para atracarme. Estaba tiritando y no era por el frío.

“Estás delirando Luis”, pensaba. “Estás delirando”…¿o no? Una de las mil veces que creí oír algo tras de mi, al girarme descubrí a alguien que intentaba esconderse en un portal torpemente, como hacían en las películas. Empecé a notar sudores fríos y temblores. Me quedé paralizado unos segundos que se me antojaron eternos. Veía a la persona que me estaba siguiendo asomar la cabeza de vez en cuando y volviéndola a esconder. Era más corpulento que yo y bastante más atlético. La opción de salir corriendo o enfrentarme a él quedaron descartadas de inmediato. Era posible que fuera armado o que fuera con más personas, aunque yo solo veía a uno.

Por unos instantes se me pasó por la cabeza la idea de dejar allí el maletín e irme pero 250.000 euros me obligaban a vender un poco más caros mis miedos.

Seguí caminando por la vacía y fría calle. Mis pasos eran replicados, casi acompasados, por los que oía detrás de mí. De vez en cuando me giraba para saber a qué distancia se encontraba aquel individuo que me seguía. Cada vez que lo hacía le veía disimular abrochándose los cordones o intentando esconderse. Si fuera un vulgar ladrón ya habría intentado darme el tirón al maletín. Este quería algo más. Debía saber el contenido de aquel trozo de cuero que me estaba provocando micro-infartos.

Aceleré el paso. Vi que el Bar “La Fusta” aún permanecía abierto. En unos pocos segundos llegaría allí y podría resguardarme o llamar a alguien. Empezaba a tener prisa por llegar pues sentía su presencia a pocos metros, también aumentando el ritmo. No quería mirar, estaba cada vez más cerca. De repente noté como cogía el maletín aunque no consiguió hacerse con él. Di un tirón hacia delante y le hice caer. Eché a correr aprovechando que estaba en el suelo. Corrí tan rápido como pude hasta conseguir meterme en el bar. Recé para que el hombre que me seguía fuera lo suficientemente cabal como para no entrar allí.

Por la cantidad de gente que había, aún tardarían en cerrar y el hombre no parecía querer entrar, así que me pedí un café y llamé a mi hermano Miguel para que viniera en mi auxilio. No vivía excesivamente lejos, cuatro manzanas a lo sumo. Era de esperar que una vez acompañado, la persona que me seguía, viéndose en inferioridad, se echara para atrás. Miguel parecía igual de asustado que yo por su forma de respirar. Me dijo que no me moviera de allí hasta que él llegara.

Pasaban los minutos muy despacio. De vez en cuando me asomaba a la cristalera para ver si él seguía allí, esperando. Y sí, ahí estaba. Parecía cada vez más calmado y desafiante, ya no se escondía. Se mantenía a unos 20 metros del bar, de pie, con las manos en los bolsillos. No conseguía verle el rostro ni distinguir en él algún rasgo que pudiera reconocer. Sus tejanos, una gorra y un anorak oscuro no ayudaban a su identificación.

Mientras venía Miguel decidí ir al lavabo y abrir el maletín. Tenía que saber que llevaba dentro. A ver si me estaba jugando el cuello por unos vales descuento o un bocadillo envuelto en papel de diario. Por suerte, las cerraduras no tenían misterios para mí. Había tenido una adolescencia “difícil” en la que aprendí lo fácil que era abrir cerraduras.

El maletín se abrió a la primera, de golpe, como si lo que hubiera en el interior quisiera salir o no cupiera dentro. No me lo podía creer. No había visto en mi vida tanto dinero junto. Cientos….miles de billetes de 500 empaquetados a la perfección de forma pulcra y ordenada. Conté uno de aquellos paquetes y me caí para atrás de la impresión. Miré a todos lados, como si quisiera asegurarme que nadie me hubiera visto y cerré de golpe el maletín. Había recorrido casi entera la linea verde de metro con dos millones de euros y una nota:

“Él sabe lo nuestro. Lo sabe todo. No se como pero sabe que le timamos. Creo que es él quien manipuló los frenos del coche de mi mujer. Es peligroso. Está fuera de si. El maletín tiene todo su dinero más todo lo que yo he podido conseguir, incluyendo lo que el seguro me ha dado por el accidente. Cógelo y vete del país. Me reuniré contigo en unas semanas. Te quiero CC.”

El sonido del móvil me dio el mayor susto de mi vida. Volví a la realidad de golpe pero con temblores en las piernas y un terrible dolor en el brazo izquierdo. En otras circunstancias me hubiera acojonado por ese dolor, pero la perspectiva de salir de ese bar en ambulancia me parecía realmente tentadora . Era Miguel, había llegado al bar y al no verme se había temido lo peor. Al decirle que estaba en el servicio se tranquilizó. Al vernos en la barra nos abrazamos ante la mirada curiosa de la clientela del bar.

-Veo que lo del maletín de Germán es verdad-dijo al ver lo que llevaba colgando de mi mano izquierda- ¿Como puedes ser tan tonto?

-Necesito la pasta. Desde lo de Cristina no levanto cabeza.

-Ya joder, Luis, ¿pero esto?- hablaba siempre con muchos aspavientos y esta ocasión, con motivo- ¿Quieres que llame a los Mossos?

-No, me preguntarán que hago con tanto dinero. Será peor aún. A ver si me voy a meter en más problemas.

-¡Puto Germán! en menudo lio nos ha metido. Cuando lo vea le voy a dar dos hostias-decía a regañadientes- Luis, hago esto porque te debo un gran favor pero lo que has hecho es del genero imbécil. No vuelvas a meterte en cosas que te vienen grandes- decía enojado y un tanto decepcionado.

Tenía razón, como siempre. Me sentía avergonzado. A pesar de ser menor que yo, siempre había estado un paso por delante mío en todo. Salvo el incidente de aquella mujer que le engañó para apostarlo todo a un trío de ases, haciéndole perder la casa, el coche y la dignidad, siempre le había considerado un macho Alfa. Inteligente y cerebral. Conservaba la sangre fría en los peores momentos y este, sin duda, lo era.

-Mira Luis, tu casa está a 200 metros como mucho. No creo que siendo dos intente hacer nada pero por si acaso saldremos corriendo hasta tu portería sin mirar atrás. Ten la llave a mano. Si decide seguirnos y nos atrapa, cosa que dudo, tendremos que enfrentarnos a él. ¿Estás conmigo?

Asentí un par de veces sin poder articular palabra. Mi hermano me dio unos golpes a la altura de los hombros para envalentonarme. Miró por el cristal, esperando el momento en que el hombre de la gorra desviara unos segundos la mirada del bar.

-¡Ya!- Gritó Miguel

Salimos los dos despavoridos, como si nos persiguiera el mismísimo Belcebú. “¡Corre, corre!” oí decir a mi hermano unos pasos atrás. “¡La llave, abre la puerta!”. Su voz sonaba lejana a pesar de que apenas nos separaba medio metro. Metí la llave a la primera, ni yo me lo creía, entramos los dos y cerramos de golpe. La puerta no se podía abrir desde afuera, él no podía entrar, aún así subimos a la carrera hasta el tercer piso, para refugiarnos en mi casa.

Casi por instinto encendí todas las luces del piso, como si la luz de las bombillas pudiera protegernos. También miramos tras todas las puertas, en los armarios, el balcón y debajo de las camas. Estábamos desquiciados. No sabíamos qué pasaba, solo estábamos seguro de una cosa, ese hombre sabía perfectamente que había en el maletín. No le dije nada a mi hermano de la nota pero no dejaba de pensar que la persona que nos perseguía era la que Germán aseguraba que estaba fuera de si y que era capaz de manipular unos frenos para matar a alguien. Si era así, estábamos ante un psicópata.

-Sigue ahí fuera el de la gorra- dijo Miguel mirando por la ventana- ¿Llamo a la policía?

-No lo sé, la verdad-dije cada vez más dubitativo- ¿Tú que harías?

-Yo no hubiera cogido el maletín, para empezar. Eso es de imbéciles.

-¡No me vengas ahora con monsergas! Necesitaba la pasta, por tu cu…..

-Por mi culpa. ¡Acaba la frase! ¡Necesitabas el dinero porque por mi culpa no lo tienes, ni tienes a Cristina! ¡Joder! ¿Cuántas veces he de pedirte disculpas?

-Perdona…son los nervios. Tengo un tío debajo de mi casa acosándome. Siento su presencia como si me estuviera apuntando con una escopeta desde la terraza de enfrente. Estoy a punto de un colapso nervioso… ¡Lo siento!

-Vale, ya está. Mejor lo dejamos.

Permanecimos los dos unos minutos en silencio. Mejor callados que discutiendo, pensaba yo.

-¿Te imaginas tener dos millones de euros? Eso te cambia la vida. Lo que daría yo por tenerlos- Dijo Miguel mientras se levantaba y volvía a mirar por la ventana. Permaneció inmóvil unos segundos pero enseguida empezó a moverse, nervioso, buscando algo tras los cristales- ¡Ya está! ¡Se ha ido! Creo que se ha aburrido y se ha largado.

-¿En serio?- Me desplomé sobre el sofá como un peso muerto

-Si, se ha ido.

Me volví a levantar como un resorte

-Me voy a poner un whisky, que me lo he ganado.

Necesitaba un respiro para que mi riego sanguíneo proporcionara sangre a todo mi cuerpo, paralizado de los nervios. Estaba seguro que aquel hombre volvería, pero que se hubiera ido y que yo estuviera en mi casa con mi hermano, me aportaba seguridad.

Me dirigí a la cocina, de la que solo me separaba una puerta abatible. Abrí la panera que estaba junto a los fogones y de allí saqué mi mejor botella de whisky. Siempre la guardaba allí. Puse dos cubitos de hielo en el primer vaso que encontré limpio y lo llené hasta arriba.

-¿Quieres que llame a la policía igualmente?-preguntó Miguel al otro lado de la puerta

-Si, creo que al final sí les voy a llamar. No me voy a llevar otro susto como este solo por dinero. Además estoy pensando que este hombre, antes de entrar yo en el bar consiguió cogerme el maletín y supongo que sus huellas estarán en él. ¡Se va a cagar!..y si Germán está metido en algo chungo, que se joda él también. Lo de hoy ha sido muy heavy.

No había acabado la frase cuando un golpe certero en la cabeza me hizo caer redondo al suelo. El vaso cayó a mi lado derramando Macallan con cristales por toda la cocina.

En ese momento, inconsciente en el suelo, lo vi todo claro. Se me agolpaban en forma de imágenes toda la información que debía haberme llegado antes al cerebro. La CC de la carta era Cristina Campos, mi Cristina. “El amor de su vida” era Miguel. Todo había sido un plan de ellos para robarnos a Germán y a mí. Ella se había metido en nuestras camas para embaucarnos y bajarnos la guardia. Y Miguel, mi propio hermano, conociéndole seguro que lo había tramado él todo. El era el hombre que me perseguía. ¿Como había podido ser tan tonto? Seguramente Miguel no contaba con que el dinero lo iba a entregar yo. Al decirle que iba a llamar a la policía y tenía sus huellas le había dado un motivo para quitarme de la ecuación.

Abrí un ojo mientras seguía estirado en el suelo. Lo último que recuerdo es la imagen de mi hermano, acercándose a mi con un cuchillo, reflejada en el cristal del horno.

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