Dualidad

dualidad

Sonó el interfono. La primera vez fue una pulsación corta y seca. Lo ignoré…

Volvió a sonar, esta vez de manera larga e insistente. Me dirigí al cuarto de baño, entré y cerré la puerta corriendo el pestillo, de manera inusual. Me desvestí para deslizarme en el interior de la ducha. Abrí el grifo del agua caliente y dejé que el chorro me salpicara directamente en la cara. Intenté concentrarme en el sonido sordo del agua corriendo para olvidarme de que estaba allí pero aun así podía percibir cada uno de sus movimientos. Ya había entrado en casa, soltado las llaves y se había acercado hasta la puerta del baño. No estaba segura de oírle en realidad, era probable que mi memoria auditiva se empeñase en recordarme que seguía ahí. Sigue leyendo

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Vergüenza ajena o envidia

Eran más de las tres de la mañana y seguía sin pegar ojo. Posiblemente, era la noche de verano más calurosa que recordaba. En su casita de la playa, ni la brisa marina conseguía mecerla y sumergirla en los brazos de Morfeo. Ya no sabía qué hacer. Así que, saltó de la cama y decidió ponerse su vestido ibicenco y salir a pasear por la orilla, al menos le relajaría y se alejaría de sus pensamientos.

amanecer

Caminó por la Playa Larga, una playa ideal para pasear, ya que en ella nunca se veía el final del paisaje. No era consciente de cuánto tiempo llevaba caminando, pero llegó a unas rocas que parecían ocultar tras de sí una cala. Sigue leyendo

Un día fatídico

¡Por fin en casa!, pensó. Había sido un día horrible. Estaba muy angustiada. Después de un rato de luchar con su conciencia, su cabeza le decía: la dieta, la dieta, la dieta…, abrió la caja convencida de que iba a darse un atracón histórico de chocolate y así aplacar su desazón. Pero cuál fue su sorpresa al abrirla y descubrir que sólo quedaba un bombón, un único, triste y hasta ridículo bombón. Se veía tan pequeño en esa gran caja vacía. Suerte que al menos era de su chocolate preferido: puro chocolate negro y relleno de licor,—¡algo ayudará!, pensó. Sigue leyendo

Un regal


La cafeteria del centre cultural és un espai ampli, contemporani i diàfan. Plena de gent a
parentment interessant que s’embolcalla d’un aire de modernitat i bohèmia. Un lloc prou aliè a la nostra quotidianitat. Per això he quedat aquí amb el Max.
Mentre espero, no aconsegueixo dominar la tremolor que em sacseja. M’he tret el rellotge i jugo amb les anelles daurades de la polsera, fent-les girar sobre la taula amb el dit índex. Fa vint anys que és amb mi, aquest rellotge. Ni tant sols sé ja si m’agrada. Tot i portar-lo cada dia cordat al canell, ara me n’adono que no soc conscient de la seva presència. Quin sentit te, doncs, portar-lo? El recullo de la taula i el poso a dins de la butxaca amb la idea de desfer-me’n per sempre.
Ell arriba quan passen cinc minuts de les sis, r
esplendent i nerviós com en una primera cita. Penso en la ironia de la situació i em venen ganes de plorar. Em fa un petó i em dona un paquet embolicat en paper de regal. Seu al meu costat. Sigue leyendo