Chica poco convencional

No me gusta ir a la peluquería, me resulta irritante estar ahí tanto tiempo esperando, para que me hagan algo, que con las herramientas adecuadas, yo podría hacerme en casa en la mitad de tiempo, lejos del incesante parloteo de las clientas, con ese elevado tono de voz. Pero eso las demás chicas no pueden entenderlo, ellas lo ven como algo genial y estupendo, ya que mientras están allí, no tienen que aguantar a sus familias que son, para ellas, un pequeño lastre que no las deja respirar.


Todas mis amigas coinciden en este tipo de cosas: todas están hartas de sus maridos, están súper a gusto en la peluquería, les encanta ir de compras, tienen muchas ganas de salir de fiesta juntas, les encanta librarse una tarde o una noche de sus esposos e hijos, disfrutan criticando sobre la vida de los demás, y un largo etcétera de cosas súper divertidas y excitantes para ellas y aburridas e incluso de mal gusto para mí.
No soporto ese resquemor con el que hablan de sus parejas, esas palabras de alivio cuando sus hijos no están, ese bienestar que parece que les invade cuando están con su grupo de iguales, no puedo creerme que no sean capaces de enfrentarse a esas vidas que las hace estar amargadas y empezar a elegir por ellas mismas lo que sí y lo que no quieren hacer en esta efímera vida.
Aunque por otra parte, si hago un esfuerzo por recordar, vienen a mi mente los recuerdos de mis años de prisionera en las redes de un marido egoísta, acomodado a una vida que giraba en torno a mí y retumban como un tambor que no deja de sonar, frases como las que ahora escucho decir a las chicas, ese tipo de frases que ya no me gusta escuchar, como: -¡tengo ganas de escaparme una noche de fiesta con mis amigas!, o -¡quiero ir con mis compañeras a tomar un café para despejarme un rato!, pero que yo las estuve repitiendo aproximadamente unos 10 años de los 20 que duró mi relación. Odio que vuelvan a mi mente todos esos amargos recuerdos, pero mi carácter empático, con la gente que me rodea, hace que, sin querer, recuerde lo que se siente cuando estás en esa situación y lo difícil que es dar el paso y romper esas cadenas que te atan a esa horrible vida.
Me considero valiente, cuando pienso en el momento que me empujó a dar el paso y a querer salir de aquel laberinto en el que había entrado y del cual no encontraba la salida, me aventuré a buscar otro tipo de vida y me auto convencí de que me merecía algo más, de que me estaba perdiendo cosas en esta vida, de que me faltaba algo que no podía dejar de vivir.
Todavía cuando pienso en ese momento se me hace un nudo en el estomago y me vuelve ese sabor ácido como el limón, ese que no me gustaba paladear pero al que me acabé acostumbrando y ya parecía formar parte de mi. Creo que lo más difícil en estos casos es darse cuenta de que tienes que dar el paso, de que si algo no funciona no lo puedes forzar. En ocasiones comparo mi situación con esos juguetitos de los bebés en los que tenías que meter cada forma geométrica por su correspondiente hueco. Y me doy cuenta de que quise meter muchos años un triángulo, por el hueco de un círculo.
Hasta que un día al despertar, te das cuenta de que ya no quieres forzar más, de que lo que deseas es vivir una vida más sincera y más sana, no basar tu vida en esos hijos que, voluntariamente quisiste tener, y a los que, sin duda, no vas a renunciar, para quedarte al lado de ese triangulo que no hay manera de que penetre en el círculo que tú quieres ser. Que tus hijos no van a dejar de ser tus hijos, aunque tú vivas la vida lejos de su padre, que para ellos siempre será importante e incluso para ti será parte de tu vida, pero no tiene por qué tomar decisiones en ella, ya que no hay con él, esa conexión necesaria para una buena relación de pareja.
Y algo en ti vuelve a florecer.
Y vuelves a soñar.
Y un buen día te despiertas al lado de un hombre con el que sí deseas estar, con unos pequeñajos con los que te gusta compartir cada minuto de tu vida y criticando esas frases malditas que tus amigas no paran de pronunciar, que tú también dijiste en muchas ocasiones y que te recuerdan a tu yo más lejano y olvidado el cual quieres dejar en ese baúl encerrado y no volver a saber nada de él. Ahora la vida te sonríe y encontraste tu círculo, el que encaja contigo y el que te hace ver esta vida como la gran aventura que es y disfrutar de ella al máximo, ya que, por suerte o por desgracia… no es eterna.

Olga Martín

 

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2 comentarios en “Chica poco convencional

  1. Solo puedo felicitarte por este relato. Tengo que decirte que después de leerlo me gusta aún más que cuando lo escuché por primera vez. Al leerlo he podido profundizar mucho más en cada una de las frases. Tiene reflexiones muy profundas y ¡es muy de mi estilo de escritura! Enhorabuena, Olga. 🙂

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