Princesas independientes, guapos plebeyos y príncipes de pacotilla

Cuenta la leyenda que un horrible y malvado dragón atemorizaba a los habitantes de la villa de Montblanc. Estaban desesperados porque ya no sabían que darle de comer para mantenerlo apartado . En pocos días había acabado con toda la comida.

Fue entonces cuando el Rey tomó la decisión más difícil de su vida: iría sacrificando uno a uno a los habitantes de su reino. Para ello, metieron los nombres de todos en una olla (incluidos el del Rey y el de su hija la princesa) y cada día una mano inocente se encargaría de anunciar el nombre de la persona que serviría de alimento al malvado dragón.

Iban saliendo nombres y uno tras otro saciaba el hambre voraz de este horrible animal. Llegó el día en que en que uno de esos nombres fue el de la princesa. El Rey lloró desconsoladamente, suplicando que su hija no fuese sacrificada. Pero la valiente princesa le dijo a su querido padre:

– No llores papá. Soy mujer y las mujeres tenemos un don, el de la palabra. No temo al dragón, es más, creo que él está más asustado que nosotros por eso necesita infundir terror. Dialogaré con él.

La atípica y valiente princesa se dirigió hacia la guarida del dragón. En cuanto éste la vio aparecer quiso abalanzarse sobre ella inmediatamente. Pero nuestra princesa en un gesto claro y conciso, alzó su mano derecha desconcertando por completo al dragón.

– Quiero hablar contigo dragón- dijo ella con voz firme.

– Pero ¿cómo? ¿Tú no me temes? ¿No produzco en tí ningún sentimiento de terror? – preguntó el dragón completamente perplejo ante la situación.

– No, no te tengo ningún miedo. He venido a hablar contigo, a saber lo que te ocurre porque no podemos continuar con esta situación. ¿A caso ves normal comerte a los habitantes de esta preciosa villa? ¿Qué sentirías si fuesen tus hijos dragoncitos los que fuesen devorados por humanos despiadados? ¿cómo te sentirías?

El dragón atónito, no supo contestar en ese momento. De repente, dos lágrimas brotaron de sus enormes ojos surcando sus mejillas.  La valiente princesa había conseguido llegar a  la parte más sensible del dragón. Había conectado con sus sentimientos. Consiguió  derribar esa muralla emocional en la que estaba atrapado su solitario corazón.

– Tienes razón princesa. No tengo ningún derecho a destrozar la vida de este pueblo.

Me siento tan solo y tan cobarde que pensé que infundir terror a los demás me haría sentir mejor. Me he equivocado y no sé como solventar este inmeso dolor que os he causado- dijo el dragón con gesto apenado.

– Hay una solución, pero te has de someter a una operación quirúrgica. He de abrir en canal tu estómago para sacar a todas las personas que has engullido durante estos días.

– Pero, ¿me dolerá?

– No, no te preocupes. Siempre voy preparada para cualquier ocasión.

La princesa sacó de su Vuitton de mano, un pañuelo de seda rojo y un frasco de cloroformo. Impregnó el pañuelo con suficiente líquido somnífero como para tener al dragón dormido durante un par de horas.

Acercó la seda roja con mucha delicadeza a los orificios nasales del ya no tan temible dragón. Una vez dormido, sacó un bisturí y con total precisión, hizo una incisión abdominal tan perfecta que ni el mejor cirujano de Anatomia de Grey.

La princesa empezó a sacar del estómago del dragón a cada uno de los habitantes de su villa que habían sido ingeridos por el animal. Estaban mareados y desorientados. Pero afortunadamente, sanos y salvos.

Todos muy agradecidos con la princesa, regresaron con sus familias para darles las buenas noticias: la hija del Rey los había salvado, los había devuelto a la vida.

Ella, tras coser al dormido dragón, se quedó a su lado esperando su despertar. Pasaron dos horas, tres horas, cuatro horas y el dragón no despertaba. Entonces, la princesa recordó uno de los cuentos que solía contarle su padre cuando era niña. En él, un apuesto príncipe besaba a una bella durmiente y ésta despertaba al instante.

Decidió probar, no perdía nada. Decidida plantó un beso al dragón y éste poco a poco fue desperezándose y convirtiéndose en un guapo plebeyo de tez morena y ojos verdes. Ambos se miraron a los ojos y ambos sintieron un vuelco en sus corazones. La princesa y el plebeyo se habían enamorado perdidamente.

A todo esto, apareció por allí un flamante caballero. Había escuchado que la princesa iba a ser devorada por el feroz dragón y sin dudarlo fue en su rescate, para así además poder conseguir la mano de la bella heredera.

El caballero, de nombre George, había tenido unos pequeños problemas de orientación con su GPS y había estado dando vueltas en la misma zona durante horas y horas. Cuando por fin llegó a la guarida del dragón, fue testigo de una imagen que jamás hubiese querido contemplar. La princesa y otro hombre estaban besándose apasionadamente.

El caballero inmerso en un ataque de celos desenvainó su espada dirigiéndola hacia el pecho de aquel plebeyo inoportuno.

– Apártate de la princesa – dijo soberbio

– Me apartaré si ella me lo pide – dijo el plebeyo mirando a los ojos de su amada esperando una respuesta.

– Ni hablar caballero George- dijo ella- Yo decido con quien quiero estar. No necesito caballeros arrogantes que quieran salvarme de las garras de un dragón. Eso ya lo he hecho yo solita con el arma más poderosa del mundo, la palabra. Como verás, no soy inútil y sé defenderme bien. Por tanto también me permito decidir sobre el rumbo mi vida.

El caballero George quería ser tragado por la tierra en ese momento. Muy avergonzado por no haber podido cumplir como caballero valiente ante la princesa y no haber conseguido su corazón, decidió huir de aquellas tierras lo más lejos posible.

La valiente princesa y el guapo plebeyo vivieron felices y no comieron perdices, ya que ambos decidieron hacerse vegetarianos evitando así el sufrimiento de todo ser viviente.

Marisol Rojas

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