A merced de la vida

Per Montserrat Baduell

El médico le había recomendado que hiciera ejercicio y que practicara alguna actividad que le relajara. Había sufrido varios episodios de ansiedad y un amago de infarto y, siguiendo el consejo del facultativo se había decantado por la pesca como terapia de relajación, aunque no estaba muy seguro de que le fuera a servir de mucho.

Esos últimos años habían sido muy duros. A los cambios drásticos en el trabajo debidos a la implantación de las nuevas tecnologías así como la incorporación de empleados más jóvenes que hacían peligrar su puesto de trabajo, le siguieron la enfermedad y posterior fallecimiento de su esposa, su querida Elena.

Sus hijos le habían ayudado a superar la pérdida pero la angustia y la ansiedad se habían apoderado de él. Hasta que sufrió un serio aviso y acabó en la sala de urgencias de un hospital.

Y ahora se encontraba sentado a la orilla de un rio, con la caña de pescar en ristre y con anzuelos, cebos y demás aparejos a su lado, intentando relajarse y pescar una trucha, si había suerte.

Mientras esperaba paciente a que algún pez se dignara picar, observaba el rio y las hojas arrastradas por la corriente. Reinaba el silencio, roto únicamente por los cantos de los pájaros y el rumor del agua. Sin saber porqué, se detuvo a mirar las rocas de la orilla, erosionadas por la repetida acción de los elementos durante siglos.

Aquellas rocas, que durante siglos presentaron numerosas aristas y peligrosos filos, se habían rendido y ahora presentaban un perfil redondeado, sometidas al duro y continuado desgaste. Reflexionando sobre ese tema se dio cuenta de que las personas también son como las rocas, que barridas por las vicisitudes de la vida, ven moldeado y alterado su carácter. Recordó de repente cómo era de joven. Despreocupado y risueño, siempre tenía una sonrisa en los labios y un chiste a punto para cualquiera que quisiera escucharle.

Luego, poco a poco, su humor se fue agriando. Las dificultades diarias de hombre adulto con responsabilidades hicieron de él una persona más huraña y más retraída. ¿Cómo podía haber cambiado tanto?

También había visto casos contrarios. Pensó en un compañero de trabajo de carácter irascible que, sin embargo, en cuanto encontró el amor de su vida y su equilibrio emocional, se convirtió en una persona totalmente distinta. Comunicativo y hablador como nunca lo había sido antes.

Entonces pensó en sus hijos y en sus pequeños nietos, que eran su razón de vivir y volvió a observar las rocas del rio. ¿Qué debía hacer? ¿Dejarse llevar por las circunstancias, amargarse y amargar a las personas que le querían? Las rocas, se dijo, son objetos inanimados, sin alma ni corazón. Están a la merced del agua y del viento porque no pueden luchar, pero yo sí puedo.

De pronto, notó que la caña de pescar cimbreaba. Instintivamente, tiró de ella y una hermosa trucha salió a la superficie. No se lo podía creer. ¡Había pescado un pez!

La sacó del agua y le quitó el anzuelo. El animal boqueaba en busca del aire que le faltaba y, de pronto, él, la cogió con cuidado y la echó de nuevo al agua. Con una sonrisa, vio como el pez se sumergía en las aguas del rio y recuperaba su libertad.

Miró el reloj y se dio cuenta, con sorpresa, que habían transcurrido varias horas desde que llegara a ese lugar. Habían pasado en un suspiro. Recogió los aparejos y se encaminó hacia su coche. Mientras se dirigía hasta allí se dio cuenta de que, realmente, se había relajado, había reflexionado y que, por extraño que pareciera, unos cantos rodados y una trucha habían hecho que retomara su vida y agradeciera lo que tenía, en lugar de lamentarse por lo que había perdido.

Nunca más sería una roca a la merced de la corriente, sería como un pez en pos de su libertad.

 

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