CONVERSACIONES CON UNOS CANTOS RODADOS. UNA PARANOIA.

POR; DANIEL LERMA VILANOVA.

Yo, no supe lo que significaba la palabra:<<APATÍA>>, hasta que la empecé a oír repetidas veces, al final de mi infancia, entrando ya en mi adolescencia, y todas, refiriéndose a mí.

Mi infancia transcurrió sin ningún interés por mi parte, no había nada que pudiera llamarme la atención y todo me parecía una solemne tontería y falsedad. Por eso, la mayor parte del tiempo, aconteció en un lugar donde solo cabíamos cuatro; yo, mis circunstancias, mi imaginación y mi bisabuela, que con sus cuentos e historias me llevaban a esos mundos imaginarios y fantásticos mucho mejores que la realidad.

Solo había una cosa que me hacía salir de mi abstracción; la zapatilla voladora de mi madre, que te alcanzaba aunque te escondieras en otra habitación. Eso sí que me hacía volver al presente.

No me gustaba nada de lo que me rodeaba; mi familia, mis vecinos, las ratas, las cucarachas, mis gobernantes, besar la mano de los curas y, no entendía el silencio de un pueblo que se sentía amordazado y que solo tenía una vía de escape como forma de protesta <<La socarronería>>.

La otra opción, era la valentía de protestar abiertamente, pero, quién se atreviera a hacerlo, acabaría mal parado, y esta vez no era la zapatilla de mi madre quién me lo decía, si no, la seria advertencia de mi padre, al que tenía mucho respeto, y que me decía, que debía estar quietecito y calladito.

Abrumado por estas cosas, que derivaban de mi relación con mi entorno cercano, decidí de una forma pacífica y tranquila salir de él. Descubrí, que al otro lado del gueto en el que vivía, existía otro mundo y, aunque mi imaginación era muy libre y poderosa en aquellos momentos, decidí salir de mi zona confort y experimentar algo diferente para curar mi apatía y salir de aquel mundo imaginario e irreal.

Con unos ahorros que tenía, me compré una mochila, un saco de dormir, una cantimplora, un silbato y una gorra parecida a las que usaron los soldados de la unión, en la guerra de sucesión americana. Junto a un grupo no muy nutrido de gente que pensaba como yo, nos lanzamos a la aventura, que no era otra que huir de aquella atmósfera asfixiante y, encontrar en la naturaleza el espacio vital y de libertad, para curarnos de esa enfermedad.

Cogimos un tren que nos llevó hasta Ripoll, para luego seguir andando hasta llegar a las Fuentes del Llobregat, en Castellar de N’ug, alto Llobregat, comarca del Berguedá.

Caminamos por senderos llenos de pinos negros que bordeaban el rio Merdás. Después de varios quilómetros con la mochila a cuestas, a la altura de Campdevánol, el cansancio se apoderó de nosotros y decidimos descansar junto a una poza, rodeada de un amplio pinar. Había allí unas fuentes, de las que manaba abundante agua, procedente del deshielo de las montañas nevadas.

Cansados por la caminata, con los pies magullados y con alguna ampolla en ellos, me aparté unos cuantos metros del grupo, con la intención de meter los pies en el agua fría y transparente del rio. Localicé una piedra grande en la que me senté para descalzarme y sumergí los pies en él.

Después de un buen rato, en la que mi mente seguía en la misma dinámica, con mis pensamientos absortos en lo absurda que era mi vida, observé que del agua salían unas burbujas, seguida de un cosquilleo en la planta de mis pies, di un respingo hacia atrás seguido de un grito. Sorprendido y un poco asustado, los levanté y vi un par de cantos rodados que se movían, acerqué mi cara y los miré atentamente y… ¡no me lo podía creer! ¡¿Me estaban hablando?!

Volví la vista atrás hacia el grupo, y nadie se había dado cuenta, de lo que me pasaba, seguían allí descansando. Volví a dirigir mí vista hacia el fondo del rio y oí que las piedras me decían:

  • ¡eh, tú chico! ¿qué haces?

En ese momento, pensé ¿me estoy volviendo loco?

Pero ellos insistieron y me dijeron:

  • A ver muchacho ¿qué estás pensando? ¿qué te pasa? ¿no le encuentras sentido a la vida? ¡Con lo joven que eres y la vitalidad que se supone que debes tener!, yo, a tu edad me comía hasta las piedras—dijo una de ellas; la que tenía forma oblonga.

¡Pero que cojones, estaba oyendo! Para mi sorpresa, me oí a mí mismo contestándoles:

  • Pero vosotros… que sabréis de sentimientos, solo sois piedras y las piedras no…

Y me volvieron a interrumpir

— ¡Perdona! ¡No tienes ni idea de piedras!, nosotros, antes no éramos así, teníamos nuestras aristas y unos perfiles muy definidos, guapos y muy atractivos y, tampoco vivíamos aquí. Nuestro hogar lo teníamos en aquella montaña (el Pedraforca) y, allí vivíamos calentitos y felices toda la familia.

Y continuaron,

—Teníamos cuatro hijos; dos chinarros y dos guijarros, hasta que se produjo la explosión que nos separó. Salimos todos despedidos por la erupción y una fuerza descomunal nos lanzó al vacío, y caímos en este rio y aquí hemos estado durante siglos sin poder salir a la superficie. Por desgracia, nuestros hijos los perdimos el año pasado arrastrados por las aguas de la crecida, y ya no los hemos visto más, así que, no me hables a mí de tragedias melodramáticas, tristezas y ganas de vivir, que, seguro que no lo has pasado peor que nosotros.

Me los quedé mirando y ciertamente, pensé, que debía ser muy doloroso perder unos hijos y además sufrir la erosión del agua día a día, y ver como poco a poco, esta se iba llevando parte de tu cuerpo, quitándote las aristas y dejándote sin salud y, lo peor de todo, sin personalidad.

Y, en eso estaba, cuando volví a oír otra vez la voz de uno de ellos, pidiéndome, por favor, que los sacara a la superficie, para poder oír, ver y sentir la belleza de la naturaleza, pues hacía siglos que dormitaban en el frio lecho del rio.

Los saqué a la superficie, y, cuando los tenía en la palma de mi mano, al contacto con ellos, sentí un cambio en mi mente; se abrieron mis cinco sentidos, y pude apreciar también aquél entorno lleno de luz, color y vida.

Como por arte de magia, percibí los olores de plantas aromáticas; como la menta y el romero, y oí los cantos de los pájaros que anidaban en los pinos rojos y, como, sus crías, les pedían alimento, con una sinfonía inacabable de trinos y gorjeos.

Y, en ese súbito y agradable despertar de mis sentidos, distinguí, unas hayas compitiendo en altura con unos pinos negros y una familia de arañas, tejiendo sus telarañas entre ellos, como si fueran hamacas, para invitar a balancearse en ellas, a otros insectos que luego serían sus víctimas; todo un espectáculo de vida apareció ante mis sorprendidos ojos, impregnándome de múltiples sensaciones.

Y en ese trance me encontraba, cuando oí una voz, que sacándome de mi abstracción me decía:

—Joel ¡¿has acabado ya de hablar con las piedras?! Espabila que seguimos la marcha ¡vamos!

Sonreí y depositándolas fuera del agua, sobre la verde hierba de la ribera del rio, les dije al oído:<<vosotras, no sois unas piedras cualquiera, vosotras sois mis salvadoras, las que me habéis devuelto la ilusión por la vida, vosotras sois ¡mis cantos rodados! Y espero que recuperéis las formas>>

Y allí las dejé, una al lado de la otra, emprendiendo el camino con una mentalidad y actitud diferente hacia la vida.

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