El novato

descarga (2)Él saboreaba una taza de café, mientras seguía mirando las instrucciones que se desparramaban desordenadas sobre el banco de trabajo. Nada de lo que ponía en aquellos papeles parecía tener sentido y solo la cafeína estaba donde tenía que estar.
Se rascaba su espesa barba canosa incrédulo. No podía creer que no fuera capaz de montar aquello para lo que había sido contratado y eso que a fe no le ganaba nadie. Era impensable, cuando salió de la academia como uno de los primeros de su promoción y le ofrecieron hacer aquellas prácticas, que no consiguiera siquiera dar el primer paso.
¡Joder! ¡Era Dios y había sacado un sobresaliente en creación de mundos! ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no era capaz?
Él giraba aquellos papeles como si buscara la coherencia desde todos los ángulos. No estaba centrado. Se suponía que ya había hecho lo más difícil, crear los cielos y la Tierra, pero de ahí no pasaba. Bueno, para ser sincero lo de la Tierra le había quedado una chapuza, le había puesto demasiada agua y con los pegotes de tierra que le sobraban había hecho unos montoncitos a los que llamó montañas. Montañas… ¡vaya nombre de mierda! Quizás los de la panda latina, los que se metían con casi todos los dioses de la academia porque ellos eran superiores en número, tenían razón cuando lo llamaban zoquete. ¡Malditos dioses romanos! Solo Baco se salvaba y porque le vendía vino del bueno, sino ni eso.
Él estaba muy cabreado, ya ni siquiera el café le calmaba el ánimo. Era solo el primer día y ya iba con retraso. A este paso se veía trabajando el domingo y eso le aterraba. Lanzó la taza contra el suelo, obcecado con su fracaso, maldiciendo, lanzando rayos a diestro y siniestro, rompiendo su camiseta imperio, la que se ponía para trabajar. “¿Cómo demonios se separa la luz de las tinieblas?, ¡Maldita sea!” se le oía gritar con su voz de pito, pero solo su eco le respondía. Miró la junta de la trócola y los manguitos de aquella masa oscura llamada tiniebla, pero no encontraba la solución.
Enojado, tiró al suelo todo lo que había encima de su mesa con un gesto de rabia, esparciendo sus pertenencias por el trozo de tierra que estaba usando de oficina. Todo al suelo: Su estampita de la virgen de la Macarena, su calendario erótico-festivo con fotos de Diosas ligeritas de ropa, donde Afrodita, la griega, copaba todas los meses estivales, su guía práctica para la omnipresencia y su primerísima edición de Harry Potter, su libro favorito. Todo desparramado por el suelo, donde su dignidad se arrastraba cual serpiente.
Se recostó sobre la mesa, apoyado en su mano izquierda mientras con la derecha aguantaba sus gafas y frotaba, a la vez, sus ojos. ¡Madre mía!, pensaba, ¡y yo que quería crear hoy también el sol, los campos de golf, los ñus y las manzanas Golden! El mundo se le hubiera caído encima si hubiera un mundo creado para caérsele, pero ni eso. Una lágrima rodó por su mejilla mientras pensaba que al día siguiente solo le daría tiempo a crear la atmosfera. Quizás era por cosas como estas por las que tenía menos followers que Yahveh, Ra, Júpiter, Zeus y tantos otros. Nunca conseguía acabar nada. Todos se reían de Él.
De pronto cayó, se acordó de todas sus horas de prácticas en la academia, de sus eternas clases de teoría de la creación. Claro, ¿cómo había sido tan tonto? Cogió a las tinieblas y dio tres golpes secos en su costado como había visto hacer a sus profesores durante sus charlas… y funcionó. Como por arte de magia, la luz se fue separando poco a poco de las tinieblas y Él, como un niño con zapatos nuevos, la llamó Día y a la mancha oscura la llamó Noche, tampoco era cuestión que pensar nombres bonitos le creara un aneurisma.
Feliz, contento y esperanzado, se desabrochó el botón del pantalón, se sentó en su silla y puso los pies, llenos de tierra todavía tierna y húmeda, encima de su banco de trabajo. Sonrió, le reconfortaba pensar que en solo algunos millones de años, la humanidad, aquel conjunto de monigotes que tenía pensado crear el quinto o sexto día, si se portaban mal, como estaba segurísimo que así sería, los castigaría de la forma más cruel y sádica que se le pudiese castigar, haciéndoselo pasar como Él lo acababa de pasar. Les condenaría a fabricar sus propios mundos, empezando por los muebles de una conocida marca sueca. Solo de pensar en eso, una gran sonrisa se le dibujaba en la boca. “Mal de muchos, consuelo de tontos” pensó, y una sonora carcajada recorrió la Tierra que acababa de crear.

 

Jose Ramón Vera Torres

 

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