LA MÚSICA

LA MÚSICA

Por Daniel Lerma Vilanova

Me llamo Luís y soy periodista-reportero en el paro. El periódico para el que trabajaba hizo reducción de plantilla y aquí estoy con mi cámara fotográfica de bolsillo RX de Sony en la calle, buscando la fotografía y noticias de interés.

He enviado multitud de currículums a periódicos, revistas y medios de comunicación, pero de momento, no he recibido contestación ninguna.

Mientras espero alguna oferta de trabajo, me he hecho autónomo y he decidido hacer reportajes urbanos, con la intención de venderlos después a alguna revista o periódicos. Cada día recorro las calles de Barcelona en busca del gran reportaje, ¡ese! que me haga creer en mi profesión y convencerme de que no he perdido el tiempo estudiando lo que más me gusta; el periodismo.

En el mes de octubre, no recuerdo el día exacto, salí dispuesto a cubrir una de las muchas manifestaciones políticas que se celebraron durante aquel mes, en busca de un reportaje que me pudiera reportar unos dinerillos al venderlos; se pagaban a 400€, y si era bueno, 500.

Cogí el metro y, una vez allí, comprobé que dentro de los vagones, ya había grupitos de gente con sus banderas y pancartas en dirección al punto de inicio de las marchas. Aquél día salían dos de distinto signo y, coincidían la finalización de una, con el inicio de la otra, ¡pero las dos concurrirían, en un mismo punto!; Plaza de España.

Mi instinto me decía, que aquello podría convertirse en una buena noticia y aproveché para sacar unas cuantas fotos antes de bajarme en la estación de España. Había mucha concurrencia por los pasillos del metro y, en general a la gente, se la veía muy entusiasmada y con cierto grado de excitación. Esa imagen, mostraba la realidad política que estábamos viviendo en esos días.

Cuando salía del metro, oí una música procedente de uno de los pasillos con salida al Paralelo. Escuché con atención; eran unas notas salidas de un violín. Un adagio, que llegaron a emocionarme. Impaciente por ver quién tocaba de forma tan magistral aquella pieza, aceleré el paso mientras iba reconociendo la melodía que estaba escuchando <<Adagio en G Menor>>de Albinoni —dije para mis adentros.

Por fin, al dar la vuelta al pasillo para salir a la calle, lo vi. Allí pegado a la pared estaba el músico. En su mano izquierda sostenía un violín encajado entre el hombro y el cuello, y sujeto por su barbilla y en su mano derecha el arco francés, que el músico deslizaba suavemente, haciendo salir aquella maravillosa música. Aquel hombre tocaba con tal maestría y habilidad aquella pieza, que me produjo un sentimiento, que hacía tiempo, que no sentía; pensé, que se debía al momento especial por el que yo estaba atravesando, que no era otra que la incertidumbre laboral en la que me encontraba.

Me quedé allí un buen rato escuchando boquiabierto y emocionado varias piezas más. Entre ellas pude reconocer el concierto para violín de Mendelsshon, <<En mi  menor Op. 64>>. Era tal la delicia de la música y la pericia con la que tocaba aquél hombre, que la gente, poco a poco, se iba arremolinando a su alrededor.

Deposité varias monedas en la funda del violín que yacía en el suelo, y el hombre me lo agradeció con un gesto, le miré  a la cara y vi que era extranjero; debía ser de algún país árabe, pensé, pero eso no me importaba, lo que sí era importante era… ¡cómo tocaba el violín! Seguro que se trataba de un virtuoso de este instrumento, y por alguna razón, desconocida para mí, se encontraba tocando en aquél lugar, cuando podría estar en el Palau de la Música merecidamente. Estaba muy delgado, y al observar su indumentaria vi que no iba a la última moda precisamente, sus ropas estaban un poco gastadas. Su mirada era franca, abierta, pero en sus ojos se percibía un brillo de tristeza, que no podía disimular, a pesar de la  sonrisa que me dedicó al darle las monedas.

En ese momento, se me ocurrió que, el tema de los músicos callejeros podría ser un buen reportaje para después venderlo a alguna revista o medio de comunicación. Y aproveché un descanso entre pieza y pieza para preguntarle si podía hacerle alguna foto, al ver que no entendía bien el español, probé con el inglés, el cual tenía un poco oxidado y entre este, y algunos gestos con las manos, nos entendimos mutuamente.

Saqué mi cámara y le hice unas cuantas fotografías y le propuse hacerle un reportaje, previo pago de 20,00 €. Cosa que le alegró y me agradeció ostensiblemente. Saqué mi grabadora y me dispuse a hacerle preguntas para que me explicara cómo había llegado hasta allí.

Me dijo que se llamaba Mahmoud y que llevaba poco tiempo en España, tocaba en La Filarmónica de la ciudad de Palmira en Siria y, que por causa de la guerra tuvo que salir del país. Al llegar a Barcelona contactó con una asociación de refugiados que le ayudaron a contactar con la asociación de músicos callejeros llamada AMUC, donde le hicieron un examen, (pruebas de idoneidad le llaman), y de esta manera es como consiguió que le aceptaran para tocar en los pasillos del metro un par de horas al día, para poder ganarse la vida.

Vi la oportunidad de extender el reportaje con los pormenores de su salida de Siria y el viaje a través de toda Europa y a cambio le ofrecí otros 30,00 € y la comida de ese día, si accedía, me dijo que sí, pero que pasara en un par de horas, cuando acabara de tocar, ya que se había comprometido con la asociación.

Para hacer un poco de tiempo subí a la plataforma del complejo de Las Arenas, desde dónde podría controlar la marcha de la manifestación y me entretuve en hacer unas pocas fotografías desde aquel lugar al Palacio de la Virreina, la Fuente de Montjuic, y el parque del Matadero, que ahora se llama Parc de Joan Miró.

Entretanto mi cerebro no paraba de darle vueltas, al reportaje que tenía entre manos, con los músicos que tocaban en las calles y en los túneles del metro y empecé a estructurar y, a darle forma a la idea del reportaje.

Dejé de lado esos pensamientos cuando, desde aquella altura, algo llamó poderosamente mi atención, la gran multitud de gente que bajaba por la Gran vía, desde la Plaza de Cataluña hacia la Plaza de España, portando banderas españolas y gritando lemas contra la independencia de Catalunya y a favor de la unidad de España, y la otra, no menos numerosa, que venía con banderas esteladas profiriendo gritos de ¡in, inde, independencia, a! Me dije que podrían haber problemas y éste podría ser el reportaje de mi vida y en directo ¿Qué más podía pedir? Mejor dicho tenía dos reportajes. Mi suerte había cambiado.

Empecé a apretar el botón de mi sony sacando fotos de aquellos dos bandos y me apresuré a bajar a la calle, para fotografiar desde más cerca, el posible e inevitable choque entre los grupos de manifestantes.

Una vez allí, vi como varios furgones de policías se interponían entre las dos organizaciones, pero que no pudieron evitar que se iniciara una pelea entre un número indeterminado de manifestantes. Llovieron golpes de todas clases, con los puños, con los palos de las banderas y se produjeron carreras por toda la plaza, huyendo unos de otros, utilizando las bocas del metro, por las que huían desesperadamente. Yo no paraba de hacer fotografías, aunque las piernas me temblaran y la excitación del momento me embargara. Las instantáneas que saqué eran de un realismo impactante y aunque era muy arriesgado, seguí apretando el botón, embargado por la emoción.

Después de que la policía pusiera algo de orden, excitado, me metí en un bar cercano, que había en la calle Creu Coberta, para tomarme un café y disfrutar con calma el entusiasmo del momento. ¡Había conseguido buenas fotografías! En el bar no se hablaba de otra cosa. Miré el reloj y recordé la cita que tenía con el músico del metro, aboné la consumición y fui a su encuentro para continuar con el reportaje que había comenzado dos horas antes. Cuando llegué allí, el músico ya no estaba y en su lugar había trozos de madera y restos de sangre en el suelo y en la pared.

Busqué la oficina de información del metro para preguntar por el músico; tal vez supieran algo de él. El empleado que había tras las cristaleras de la oficina, me informó que había habido un encontronazo entre los manifestantes y era posible que se hubiera visto envuelto en la refriega. Me comentó que hubo muchos heridos, así que, lo mejor era, que lo buscara en algún hospital y también me recomendó que llamara a la AMUC, tal vez allí supieran adónde le habrían llevado; Los músicos llevan un carnet de la asociación— me dijo.

Busqué por internet el teléfono de la AMUC. Allí tampoco lo sabían. Nadie les había informado de nada, pero que llamara más tarde, que intentarían indagarlo, de todas formas les dejé mi número de teléfono, para que me llamaran en caso de averiguar algo sobre Mahmoud.

Durante más de media hora estuve llamando a los hospitales de Bellvitge y al hospital del Mar y no obtuve ninguna respuesta, solo que, habían traído varios heridos, como resultado del choque entre las dos manifestaciones, y que todavía no tenían el registro de todos. Me fui a casa a descansar un poco y preparar el reportaje que tenía pensado. Había sido un día estresante y también muy emocionante y decidí no salir a la calle otra vez. Aprovecharía para contactar con las redacciones de algunos periódicos y venderles el material fotográfico.

Al día siguiente me llamaron de la asociación de músicos y me dijeron que Mahmoud estaba en el Hospital del Mar. La enfermera que me atendió me dijo que estaba fuera de peligro y que ya podía hablar. Mahmoud tenía un vendaje que le ocupaba toda la cabeza y tenía todo el cuerpo magullado de la paliza que le dieron en la refriega.

Le pregunté que si se acordaba de mí y del trato que habíamos hecho el día anterior, me dijo que si con la cabeza y empecé a preguntarle que le había sucedido. Tal vez el reportaje iba a resultar más dramático, aún, si le añadía lo sucedido en el día de ayer. Empecé utilizando mi pobre inglés diciéndole:

—what’s happened yesterday?, who beat you?, were they? the catalán nationalists? Or the spanish nationalists?

Y, él me contestó, que no entendía nada de lo que había sucedido y a continuación, empezó a explicarme que después de haberme ido yo, un gran grupo de personas, que venían del metro, con banderas de distintos colores, se paró delante de él y que uno le preguntó si sabía tocar el himno de Cataluña y después vinieron otros y me pidieron que tocase el de España o el <<Viva España>>

  • ¿y tú que dijiste Mahmoud?

—Yo les dije que, obligado por la empresa de músicos callejeros, tenía un repertorio que tocar y…algunos se enfadaron, en aquel instante temí por mi seguridad.

  • ¿Y…qué pasó entonces? — Le dije.

Mahmoud, me explicó a su manera, que al verlos tan tensos, cogió  el violín y empezó a tocar >>Imagine, de John Lennon>> y entonces algunos se pusieron a cantar la canción, al mismo tiempo que él la tocaba y vio como juntaban sus manos elevándolas hacia arriba y que eso le produjo una sensación muy agradable. Me preguntó si conocía la letra y yo le dije que sí, claro que la conocía, y empecé a tararearla:

Imagine there’s no heaven –       imagina que no hay paraíso-

Y, él se unió también:

It’s easy if you try –                     es fácil si lo intentas

And no hell below us –                ni infierno debajo de nosotros

Y se interrumpió para seguir explicándome en inglés y con gestos lo que sucedió y aquí relato como lo entendí yo.

—Fue hermoso ver a toda esa gente cantando y uniendo sus manos. Hasta que, aquella tromba de gente invadió los pasillos del metro y llegaron los golpes con los palos de las banderas, con los puños, la gente se pegaba con todo lo que hallaban a su alcance, hasta que llegaron a nuestro grupo y se inició una batalla campal. Se señaló el vendaje y dijo: —a mí me rompieron el violín en la cabeza y el dinero que tenía desapareció ¡fue horrible…!—

Y, aquí no pudo continuar, se hizo un nudo en su garganta y sus ojos se empañaron de lágrimas.

Yo, no dejaba de grabar y hacerle fotografías y le pedí si estaba en condiciones de contarme su salida de Siria. Asintió con la cabeza y empezó a contarme su historia.

Me contó que su familia fue asesinada por Daesh, solo él sobrevivió a tamaña locura y decidió huir a Europa. Durante un largo tiempo, estuve escuchándole, y todos los pormenores, dificultades, privaciones, humillaciones y peligros por los que pasó quedaron grabados por mí y me propuse que haría pública toda su historia. También me dijo que no todo lo veía perdido y que, por unos cuantos minutos en el pasillo del metro, se había sentido orgulloso y había dado por bien empleado todo el calvario que había pasado hasta llegar a Barcelona, cuando su música y sus melodías habían conseguido unir las manos de aquella gente que, seguro que pensaban diferente y… por un instante…pensé en un soplo de aire fresco, pero… todo fue un espejismo.

Y continuó:

—Una fuerza centrífuga, llena de odio, hizo que huyera de mi país natal y que llegara hasta aquí, pero veo que abarca más de lo que pensaba y debo buscar un lugar en el mundo dónde no exista tanto odio e insensatez—.

De la entrevista que le hice se me quedaron grabadas sus últimas y tristes palabras, que fueron:

—John Lennon, cantaba:<<Imagina que no hay países, nada por lo que matar o morir, ni religiones tampoco>>

Yo, por mi parte, le di el dinero que le había prometido e intenté convencerle de que se quedara, no todos éramos iguales.

Un mes más tarde el reportaje que ofrecí a las revistas más prestigiosas la pagaron muy bien, e incluso lo emitieron por una televisión, en prime time. Ahora me he convertido en escritor y el libro de Mahmoud y su música se ha convertido en el bestseller del año, mientras tanto el mundo sigue centrifugando odios y guerras. Yo comparto con él éxito de una tragedia. Espero que sirva para que seamos mejores.

El, yo, y la música, seguimos en contacto.

 

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