Rebeca Morgan, la loba de Tanger

imagesAún no había acabado de recoger el desayuno cuando oí la puerta abrirse. Yolanda, al contrario que su padre, siempre llegaba puntual, cosa que se agradecía después de 12 horas trabajando de noche.
─Hola Juanjo. ¿Cómo ha ido la noche? ─preguntó ella mientras se quitaba la bufanda y el abrigo─. Ya me ha dicho mi padre que le ha vuelto a dar uno de sus ataques.
─Muy buenas Yolanda. Ahora lleva 48 horas estable. No creo que te dé problemas en todo el día y, si te da, me llamas y vengo. Estate tranquila. Ahora duerme por la medicación y supongo que hasta las 11 o así no se despertará. Podrás estudiar un rato. Es dura la “jodía”, esta nos jubila a ti y a mí.
─No sé. Yo la veo muy apagada últimamente… apenas come. Me parece que la pobre no aguantará mucho.
Ella tenía razón, Micaela no aguantaría más de dos semanas, pero no quería decirle la verdad por más que ella también la supiera. Me limité a ponerle la mano en el hombro y a decirle que no se preocupara, que su abuela todavía estaría mucho tiempo entre nosotros. En el fondo es lo que quería oír.

─Por cierto, Yolanda. Lleva unas noches que, en sueños, menciona a una tal Rebeca… no sé qué.
─Morgan, Rebeca Morgan ─me dijo mientras abría las cortinas del cuarto.
─Eso. Llevo cuidando a tu abuela 9 años y nunca me ha hablado de ella. Le pregunté a tu padre el otro día y me dijo que él tampoco lo había escuchado nunca.
─Juanjo, has dado con el gran misterio de la familia Cabello: Rebeca Morgan, la loba de Tánger.
Yolanda había logrado meterme la curiosidad en el cuerpo. Sé que no era más que el enfermero que cuidaba a Micaela de noche, pero me extrañaba que nunca hubiera mencionado nada sobre esa tal Rebeca después de las sesiones de cháchara que nos pegábamos cuando el dolor no le dejaba descansar. Yo le contaba mis desgracias amatorias y ella me contaba episodios de su vida, cosas sobre su marido, sus hijos, etc… pero jamás mencionó ese nombre.
─Vaya, me voy a ir con la intriga ─le solté mientras redactaba el informe de cómo había pasado la noche ─. A ver cómo me duermo yo ahora.
Yolanda cayó en la trampa. Supongo que ella también tenía ganas de hablar del tema con alguien, así que preparó café y aprovechando que Micaela seguía dormida nos sentamos a hablar del tema en la mesa de la cocina.
Yo sabía que Micaela había hecho teatro de variedades y que cantó durante algunos años por algunos de los peores escenarios de Andalucía y Extremadura pero no sabía que un rico productor del emergente cine marroquí de aquella época, en un viaje de negocios, la vio actuar, se enamoró perdidamente de ella y se la llevó para hacer cine a su país, donde una pelirroja de pelo rizado y guapa a rabiar, como Micaela, tendría un futuro alucinante. Se puso el pseudónimo anglosajón de Rebeca Morgan y arrasó en los cines de todo el norte de África. Su primera película fue La Loba de Tánger y por lo visto sigue siendo una de las películas más taquilleras de Marruecos.
Micaela se casó con aquel productor y tuvo allí a sus dos hijos. Rebeca Morgan, a la que se consideró la Bette Davis del cine árabe, cosechó un éxito tras otro a base de interpretar mujeres fuertes, con carácter, inteligentes y muy seguras de ellas mismas, es decir, que hacía siempre de mala. Demasiado carácter para aquel cine, decían los más radicales, pero su belleza, su pelo rojo y sus vestidos ceñidos llenaban salas con cada película.
Al morir el rico productor, ella volvió a España muerta de pena pero con una legión de fans musulmanes sin parangón hasta la fecha. Aún se la considera una diosa, la gran diva.
─Y esto, Juanjo, es lo que sé. No sé nada más ─Yolanda se levantó de la mesa y recogió las tazas de café─. Tiene que haber algo más, estoy segura. No puede ser que nadie me hable de esto, como si fuera algo que hay que ocultar ¿no? Yo creo, que debe haber alguna peli porno de ella por ahí, fíjate lo que te digo.
─Ja, ja, ja…anda que no eres bestia tú tampoco. Está claro que algo debe haber, no hay duda─ me levanté para irme, se me hacía tarde, aunque yo también me quedé con las ganas de saber más─. Algún día tu padre te lo contará, ya lo verás, y ese día tú me lo contarás a mí si no quieres morir. Pero de momento me voy a casa a dormir que, ahora mismo, el muerto soy yo.

Casi no dormí ese día. No sé si es que se me había pasado la hora o que no podía parar de pensar en Micaela. Llevaba casi una década a su cuidado y le había cogido un cariño que, por ejemplo, no le tenía ni a mi propia abuela. Estuve dando vueltas en la cama, con los ojos como platos, mientras la imaginaba rodeada de cámaras y focos. Desde luego, por las fotos que había visto por su casa, se trataba de una mujer de una belleza espectacular. No era de extrañar que hubiera hecho carrera en el cine. Aún hoy conservaba ese encanto, pero debido a su enfermedad, se había ido consumiendo, pobrecica mía.
No había conseguido dormir ni una hora cuando di por finalizado mi reposo. El fabuloso mundo del cine marroquí de los años 50 me llamaba desde el portátil. Necesitaba encontrar información sobre Rebeca Morgan, aunque lo único que conseguí encontrar fue una foto de ella de joven, junto al que supuse que era su rico marido, en el descanso de su tercera película “La Americana Impasible” y detrás de ellos, un montón de niños, muy contentos de ver a su actriz favorita. ¡Vaya bombón!, pensé mientras imprimía la fotografía.
No encontré todo lo que esperaba. De hecho, no encontré mucha cosa más de lo que me había dicho Yolanda. La única información nueva añadió más misterio aún a todo aquello. Rebeca Morgan había muerto hacía 20 años. El 24 de Agosto de 1996.

Esa misma noche volví a casa de Micaela. Pedro me esperaba ansioso porque estaba con gripe y quería meterse en la cama a descansar. Me dijo que su madre había pasado bien el día pero que apenas había comido. Después, se fue a dormir. Ni siquiera se fue a su casa de lo mal que se encontraba. Aprovechó una de las solitarias habitaciones de aquella casa para pasar la fiebre. Al retirarse él, me senté en una butaca al lado de la cama de Micaela y me dispuse a jugar al Candy Crush hasta que ella se despertase.
Eran las tres pasadas cuando oí como se movía y me desperté de golpe, tirando al suelo el móvil. Era la primera vez que me dormía en el trabajo. Gracias a Dios no había pasado nada. Me había dormido casi dos horas ¡Qué vergüenza!. Ella estaba despierta y con un precioso intento de sonrisa creo que me daba los buenos días y me perdonaba por haberme dormido.
─Hola preciosa ─dije aún rojo como un tomate─. ¿Cómo te encuentras hoy? Me ha dicho tu hijo que no has comido mucho.
Me dirigí a su cama. Cuando se despertaba a media noche solía sentarme a su lado y según lo cansada que ella estuviera, o hablábamos o le leía algún libro. Era muy fan de Harry Potter y de 50 sombras de Grey. En esta ocasión quise preguntarle directamente por Rebeca Morgan. Ante su dificultad para hablar, le saqué directamente la foto que había impreso. Según su reacción, insistiría en el tema o me metería la foto en el bolsillo y aquí no habría pasado nada. No quería hacer daño a mi Micaela.
─Mira, preciosa, lo que he encontrado en internet ─dije mostrándole la foto de ella con su marido─. ¿Quién es esta preciosidad pelirroja?
Ella abrió los ojos de golpe. No pareció molesta con la foto, de hecho, hasta parecía feliz de verla. Me miró y una lágrima rodó entre las arrugas de sus ancianos ojos mientras seguía sonriendo. Yo le devolví la sonrisa y le acaricié la mejilla. Se la veía tan feliz que a punto estuve yo también de echarme a llorar. Cogió la foto como pudo y se señaló en ella. Rebeca Morgan, susurró al hacerlo. Después, señaló a una de las niñas que había al fondo de la foto y dijo con la poca fuerza que tenía, “Micaela”
─Es la única foto en la que sale ─dijo una voz nasal desde el quicio de la puerta. Pedro me dio un susto de muerte, no sabía que estaba allí. Tenía mal aspecto, debía tener mínimo 40 de fiebre. Iba en pijama y tapado con una manta. Nunca lo había visto así. Se arrastró como pudo hacia la butaca y se sentó.
─Hola Pedro. ¿Te he despertado?─En ese momento solo podía pensar en si me habría pillado dormido o no. No sabía cuánto tiempo hacía que estaba allí.
─No, tranquilo. Son estos mocos que no me dejan dormir ─respiraba por la boca y se encogía para intentar retener el calor de su cuerpo─. Hazme un favor, ¿quieres? Ve a la cocina y ponme un vaso de coñac de ese que hay junto a la tostadora. Tengo que contarte algo y necesito esa copa.
Me apresuré a obedecerle. Intuía de qué me iba a hablar y estaba intrigadísimo. Micaela se quedó mirando a su hijo, aprobando con la cabeza. Creo que ella también sabía de qué quería hablarme. Tardé 24 segundos en volver con el coñac y me senté en los pies de la cama, como el niño que espera a que su padre le cuente un cuento. Él le dio un pequeño sorbo a su copa y empezó a hablar.
─Sé que mi madre te tiene un gran aprecio. Aunque no me lo ha dicho sé que te quiere casi como a un hijo.
Miré a Micaela y me sonrió
─Lo sé. Y al cariño es recíproco. Adoro a Micaela.
─Hace unos meses, cuando no le costaba tanto hablar, me pidió que te contara todo sobre Rebeca Morgan. Toda la verdad. Yo no he encontrado nunca el momento y ahora veo que alguien, seguramente mi hija, se me ha adelantado. Es posible que ya sepas que mi madre fue la gran estrella del cine en marruecos, pero poco más.
─Así es ─asentí.
─La cosa es más complicada que todo eso, me temo. Procedo de una familia llena de desgraciados, Juanjo, no te lo puedes llegar ni a imaginar. Micaela es la primera de la familia que ha demostrado amor y cariño hacia los suyos. Mi abuela no tenía donde caerse muerta en la Extremadura profunda de los años 40. Viendo que su hija cantaba y bailaba muy bien, decidió ir a compañías de teatros y de variedades a ver si alguien la contrataba, aunque fuera por unos pocos reales o un mendrugo de pan. El director de una de esas compañías le dio bastante dinero por ella. Cuando digo por ella, no me refiero a su trabajo o a su talento, me refiero que pagó para quedársela en propiedad, como si fuera un jarrón…y mi abuela aceptó, ¡total!, tenía 7 hijos más, no le venía de uno. La niña tenía 13 años y a los 14 dio a luz a Micaela.
─Entonces, cuando dices abuela te refieres a bisabuela, ¿no?, es que me estoy liando.
─No. Nadie sabe esto excepto Micaela y yo, ni siquiera Marcos, mi hermano pequeño. Micaela es mi hermana. Ella solo tiene 8 años más que yo.
Creo que me estalló la cabeza. Alrededor del hipotálamo se me estaba haciendo un ovillo con las preguntas que quería hacer en ese momento pero no encontraba la punta de la madeja, así que no conseguí sacar ni una de esas preguntas por la boca.
Él se sonó ruidosamente y ante mi silencio, prosiguió.
─A los pocos años de nacer Micaela, un productor marroquí, mi padre, la vio actuar y se enamoró de ella. Se podría decir que se la compró, otra vez, a aquel cabronazo de la compañía de teatro, que aceptó porque ya debía estar amortizada. Mi padre la adoraba, la trató como a una reina, quizás demasiado. Lo malo es que en esta ecuación no entraba la enfermiza Micaela, que ya por entonces tenía asma y bronquitis continuas y nadie daba un duro por su vida. Si quería triunfar en Marruecos nadie debería saber que tenía una hija y menos una concebida a los 14 años. Podía aparentar en pantalla ser una mujer con carácter y fuerte, pero en su vida real, debía ser como las demás, dejar que los pantalones los llevara el marido y, sobretodo, haberse casado virgen. Así que Micaela, pasó a ser la niña que vivía en el sótano de su casa, como una rata, de la que nadie debía saber su existencia. Por eso se ha alegrado al verse en la foto. Ella es la niña que está detrás de la auténtica Rebeca Morgan. Seguramente es la única foto en la que sale. El único documento que demuestre que existe.
Yo no daba crédito. Me moría de pena. Quería que parara de contarme aquello pero a la vez no podía dejar de escuchar. Él prosiguió.
─A medida que la gran Rebeca Morgan iba triunfando más en el cine, más descuidaba a Micaela, a la que podía pasar semanas sin ver ni llevarle comida porque era más importante, por ejemplo, viajar a Rabat a filmar una escena. Además, el sótano era un sitio húmedo donde sus problemas respiratorios fueron a peor… bueno, ya la has visto, esos problemas se volvieron crónicos, así está la pobre ahora. Tener una niña en el piso de abajo no impidió a mis padres tener más hijos, a Marcos y a mí. De cara al mundo éramos una familia normal, idílica, pero de puertas para adentro era un infierno, creeme. Conocimos a Micaela una vez que bajamos al sótano, jugando al escondite. Marcos debía tener 2 años y yo 6 ─se quedó un rato callado, autoculpándose, antes de proseguir. Cuando lo hizo, empezó a temblarle la voz─. 6 años tenía yo cuando supe que tenía una hermana viviendo bajo mis pies. ¡6 años!. A Micaela, que llevaba aquel arresto con total naturalidad, le iluminaba la cara cuando nos oía bajar.
Pedro me pidió si podía rellenarle el vaso antes de seguir. Parecía que el alcohol le destapaba las vías respiratorias y empezaba a hablar mejor, sin cambiar las erres por des. Micaela seguía despierta, llorando en silencio, sin arrojar ni una lágrima.
─Mi fabulosa madre, la estrella, triunfaba con cada película y, a medida que su caché crecía, disminuía su atención hacía nosotros. Cada vez estaba menos en casa, cada vez nos hablaba menos, nos abrazaba menos, éramos un estorbo. Mi padre sí que nos dedicaba algún tiempo y hasta jugaba con nosotros, pero estaba totalmente absorbido por la persona que encarnaba a Rebeca Morgan y la acompañaba a todos lados. Alguna vez llegaron a estar fuera de casa hasta 11 días. Si no morimos o si no nos comió la mierda fue porque abríamos la puerta del sótano a Micaela y ella, a pesar de lo delicado de su salud, nos cuidaba y alimentaba con lo que hubiera en la nevera si es que había algo. Ella nos salvó la vida. Un día, no sé en qué momento fue exactamente, ella me preguntó si quería seguir viviendo allí. Le dije que no, claro. Teníamos que salir de aquella casa. Buscamos dinero por toda la casa, lo registramos todo hasta que encontramos, en una caja de zapatos un montón de dírhams, la moneda de allí. Micaela se puso ropa de mi madre y se peinó como ella, realmente se parecía mucho a Rebeca Morgan. Nos arregló a los dos y nos fuimos directos al aeropuerto. Allí. Micaela, que tenía solo 15 años logró hacerse pasar por la diva, solo tenía que hacer posturitas y comportarse como la verdadera Loba de Tánger, había visto sus películas mil veces, se las sabía de memoria. Su físico, muy parecido al de mi madre, haría el resto. No fue difícil subir al avión ni volver a España, en cambio sí lo fue subsistir aquí. Ella se hizo pasar por nuestra madre y nos cambiamos los apellidos. Micaela pensó que de esta forma no nos separarían ni nos volverían a mandar a Marruecos con nuestros padres.
─Es muy fuerte lo que me estás contando, Pedro. Estoy alucinando, de verdad. ¿y qué hicieron vuestros padres cuando se enteraron?─pregunté atónito.
─Nada. No hicieron nada. Micaela dice que habló una vez con el productor y que de vez en cuando nos enviaba dinero, pero yo creo que ese dinero lo robaba. Tanto me da. Para la gran Rebeca Morgan el hecho que no estuviéramos en su vida sería hasta positivo. El caso es que si estamos aquí es gracias a mi hermana─ dirigió una mirada a Micaela llena de ternura y agradecimiento
─¿Y Marcos? ¿No sabe nada?
─Él tenía 3 años cuando vinimos. Creo que no recuerda nada de todo aquello.
─Pues si antes le tenía cariño a tu mad… esto… a tu hermana, ahora más.
─Mira Juanjo, Rebeca Morgan hizo fortuna en el cine haciendo de mujer valiente, inteligente, segura de sí misma, fuerte, que no se dejaba avasallar por nadie. Para mí ese personaje, la auténtica Rebeca Morgan, es Micaela y mi auténtica madre, por desgracia, fue una zorra. La zorra de Tanger

 

José Ramón Vera Torres

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