Los huéspedes de la Pensión Leonardo

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La última semana del mes de enero siempre era la más dura del año, este solo acababa de empezar.

Un mes con cinco lunes con lo que yo los detestaba y un día 31 que caía justo en la mitad de la semana. Hasta que ese día llegase las facturas comenzarían a acumularse. Las guardaba bajo llave en el cajón del mueble de bambú que presidía la entrada de la pensión. No porque tuviese miedo de que alguien las robase sino más bien de que pudiesen adivinar las penurias que sufríamos cada final de mes para poder mantener aquel negocio abierto.

Photo by Tim Savage on Pexels.com

El último inquilino que había llegado a la pensión formaba parte de una larga lista de representantes, viajantes de jabones, cinturones, productos para el pelo, ropa de hogar y utensilios multiusos de los que nunca había conseguido sacar demasiado provecho.

Pero este huésped era diferente. Se levantaba temprano y al revés que los demás, jamás dejaba que nadie ordenase su cuarto ni hiciese su cama. Y lo único que permitía era la entrada  con él adentro un instante para barrer el cuarto y airear un poco la habitación abriendo la única ventana que daba al patio interior.

A penas llevaba tres semanas en la pensión y era el único que había conseguido imponerse en cuanto a las normas de lo que yo consideraba la organización de mis tareas. Por muy extraño que parezca le permitía esas licencias porque que se trataba de alguien extremadamente educado y refinado que no encajaban con el traje marrón con los codos raídos del uso.

El hábito no hace al monje, ni para bien ni para mal y este era el vivo ejemplo, el pobre desdichado no podía ocultar que alguna vez en su vida perteneció a un grupo social de alta alcurnia, pero los vaivenes que da la vida lo habían hecho descender hasta el último peldaño de aquella escalera de clases de la sociedad en la que estábamos inmersos.

Su vocabulario contrastaba con su indumentaria. Los surcos bajo sus ojos de mirada cálida reflejaban vidriosos el frío que pasaba en aquel crudo mes de enero pateando las calles en busca de clientes a los que convencer. Siempre sin éxito a juzgar por la palidez de su cara, el gélido helor que le perseguía al entrar por la puerta en el local y los labios color mora hasta que entraba en calor una hora después que se tornaban algo más pálidos.

Los desayunos se servían entre las siete y las ocho y media de la mañana. El aristócrata como yo lo había bautizado mentalmente bajaba a desayunar el primero antes de que llegasen el resto de huéspedes, se levantaba muy temprano y esperaba impaciente a que se abriese la zona reservada a los cafés.

Yo lo escuchaba desde el piso inferior y lo oía caminar como un león hambriento de lado a lado de la habitación, las suelas desgastadas de sus zapatos sonaban sordas sobre el suelo de mosaicos. Según dijo prefería contratar la media pensión que le cubría el desayuno y la cena porque la mayor parte del tiempo la pasaba fuera del pueblo mostrando sus productos a sus clientes, pero yo sabía que no era verdad. Lo había visto muchas veces sentado en un parque cercano escondido detrás de un periódico viejo dejando pasar las horas, mordisqueando los mendrugos y algún que otro bollo que robaba a hurtadillas del desayuno y guardaba en una de las servilletas de tela de cuadros bordada de la pensión Leonardo. En una ocasión en la que me topé con él cuando regresaba y al verlo desfallecido le pregunté si había comido. Su respuesta rotunda fue que el hambre le ayudaba a mantener la mente despierta, pero dudo mucho que fuese cierto porque por la noche cuando regresaba al terminar la jornada llegaba el primero a la mesa y era el último de los comensales en abandonarla.

Algunas veces pude comprobar cómo recogía con disimulo los panecillos sobrantes de otras mesas que habían quedado intactos en las cestas. Yo simulaba no darme cuenta. También se guardaba, cuando nadie miraba, los pedazos de carne o pescado abandonados en los platos que no estuviesen pringados de salsa.

Precisamente por eso comencé a hacer la vista gorda y es que en el fondo me daba pena. Sentía empatía hacia aquel personaje que tenía más dificultades que yo para llegar a fin de mes y sin embargo mantenía su dignidad hasta límites insospechados.

 

 

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