Cosas de dioses

Olimpo2Per Montserrat Baduell Latorre

ALLÁ POR EL OLIMPO

Zeus, el jefazo de todos los dioses del Partenón, estaba sentado en su trono celestial mientras miraba displicente cómo los humanos luchaban todos los días de sus vulgares existencias.  Mientras, su consorte Hera, que, como siempre, intentaba hacerle la vida imposible a algún mortal, lo observaba entre divertida y extrañada.

– ¿Qué haces, querido? – le preguntó mientras se atusaba su larga melena.

– Nada, ¡oh dulce Hera! Simplemente observo a estos mortales. Míralos. Siempre corriendo, de acá para allá, enfurruñados y taciturnos. Si yo pudiera descender a la tierra, aprovecharía para ir a todos esos sitios divertidos que se anuncian por ahí. Mira todos esos letreros luminosos que atrapan y seducen. ¡Qué daría yo por estar tan solo un día allí abajo!

– Mi querido esposo. Si los humanos están enfurruñados y taciturnos será por algo, ¿no crees?, además, creo que yo tengo algo que ver en eso – dijo con una sonrisa traviesa. Pero tú eres Zeus, mi amor. Nada es imposible para el rey de todos los dioses, así pues, ¿por qué no desciendes hasta la tierra y les echas un vistazo? Podría ser divertido.

-Creo que es una gran idea. Hera, a veces me sorprendes. Bueno, en realidad, siempre lo haces. ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes?

En aquel momento apareció Apolo, su hijo, que llegó a tiempo de oír el final de la conversación.

– Padre, ¿de veras vas a bajar a la tierra? ¿Puedo acompañarte?

– Apolo, ¿qué haces aquí? Nadie ha pedido ni tu presencia ni tu opinión – respondió Hera con desprecio. Zeus, te dije que evitaras traer a tu progenie a mi presencia.

– Hera, por favor, es mi hijo, aunque no te guste su madre. Bien, a lo que íbamos. Voy a prepararme para mezclarme entre esos mortales. ¡Voy a pasármelo realmente bien!

Al poco rato, poniendo en práctica sus poderes, estuvo listo y, ni corto ni perezoso, lanzó un rayo y descendió majestuosamente hasta la tierra.

Para mezclarse entre sus siervos eligió una indumentaria sencilla, para nada ostentosa ya que quería pasar lo más desapercibido posible. Cuando llegó a su destino el dios más poderoso del Olimpo lucía un aspecto bastante desarrapado, una barba de más de dos días y un aspecto en general poco atractivo. Fue a parar a un callejón nauseabundo, lleno de basura. En cuanto pisó el suelo, su regio pie pisó una deposición de perro, que, por su tamaño, debía ser de un San Bernardo.

– ¡Por todos los dioses del Olimpo! ¡Qué guarrería!  Qué poco cuidadosos son esta pléyade de mortales, aquí no hay quien ande.

Sorteando las inmundicias que salpicaban aquel lugar, salió a una calle más ancha. De inmediato lo arrastró una marea humana que corría en ambas direcciones y que lo llevaba de un lado a otro de la acera. La gente lo miraba y lo ignoraba, lo empujaba y lo golpeaba sin miramientos, a lo que Zeus, con un mosqueo monumental respondió increpándolos a grito pelado.

– ¡Humanos! ¿Cómo osáis tratar de esta manera a vuestro señor celestial?

Detrás de él oyó risas burlonas y alguien que se dirigía a él con claro recochineo.

– Perdón señor, pero, ¿a quien hemos tenido la desfachatez de atropellar? – dijo un joven con gesto socarrón. Varios chicos que iban con él le reían la gracia.

– ¿Cómo? ¿No sabéis quién soy? ¡Soy Zeus, vuestro dios supremo!

– Vale, vale, viejo. Mirad chicos, uno que va de sobrado. Y acercándose a él empezaron a zarandearlo hasta hacerle caer, precisamente encima de un charco de agua sucia.

Riendo se alejaron de él, viendo con sorpresa que nadie se acercaba a auxiliarlo. Magullado, físicamente y en su ego más aún, se levantó trabajosamente y pensó que debía comprarse algo de ropa. Aquella había quedado completamente inservible.

Caminó durante un rato y finalmente vio unos grandes almacenes que le parecieron adecuados a su rango. En cuanto se dispuso a entrar, un guardia de seguridad se lo quedó mirando y le preguntó.

– Perdone, caballero ¿a dónde cree usted que va?

– No creo que le importe pero pretendo entrar en este establecimiento para comprar algo de ropa.

– Me temo que no va a poder ser. ¿Ve ese letrero? Pone “Reservado el derecho de admisión”, y usted no cumple los requisitos para acceder a este lugar.

– Pero, ¿cómo se atreve? – explotó Zeus. ¡Voy a hacer que una cohorte de furias te persiga eternamente, zoquete!

La reacción del guardia de seguridad fue llamar a sus compañeros y, sin muy buenos modales, expulsarlo a cajas destempladas.

Zeus, con un humor de perros, se alejó del lugar maldiciendo a los humanos. Andando sin rumbo fijo fue a parar al cabo de un rato a un parque. Estaba anocheciendo y la gente empezaba a retirarse a sus hogares. Destrozado, hambriento y muerto de frio se sentó en un banco contemplando la puesta de sol.

– Qué lástima, la tierra es hermosa pero los humanos no parecen darse cuenta. Solo van malhumorados de un lado para otro, sin apreciar la belleza que les rodea.

Un instante después notó un cosquilleo de la pierna. Bajó la mirada y vio que un gato se le había acercado y estaba rozando su cabecita contra su pierna, buscando mimos. Él lo acarició con suavidad y el animal le respondió con maullidos y subiéndose a su regazo.

– Pequeño, de todos los especímenes que me he encontrado hoy, tú has sido el único que me has proporcionado cariño. Solo por eso, merecerías subir al Olimpo conmigo y ser inmortal. El felino lo miraba con sus ojos de color verde, como si pudiera entender sus palabras.

Estuvo jugueteando con el animal un rato y al fin decidió que ya había visto bastante de sus posesiones terrenales. Así que, nuevamente con un rayo, ascendió a los cielos, llevándose, eso sí, a su peludo amigo.

En cuanto reapareció en el salón del trono, Hera, sorprendida, lo miró de arriba abajo y, riendo, le pregunto cómo le había ido por la tierra.

– Querido, te veo un poco desaliñado. Parece que te haya atropellado Pegaso, varias veces, me temo.

– ¡Ay, mi reina! ¡No me hables! Estos mortales son terribles. Se merecen todos los suplicios que les envíes. Van de acá para allá, ignorándose, con frialdad en sus miradas. Me echaron de todas partes… ¡A mí! ¡A Zeus!  ¡Ha sido terrible! La próxima vez que quiera hacer una locura, átame al trono, por favor.

– No te preocupes, lo haré. Pero si alguna vez vuelves a hacer algo tan absurdo, asegúrate antes de ir a lugar con más glamour, por favor.

Y una vez dicho esto, se dio la vuelta majestuosamente dejando al pobre Zeus con la única compañía del felino.

– ¿Sabes una cosa, mi pequeño amigo? De los seres con los que he tropezado hoy, tú has sido el único que me ha ofrecido cariño y respeto. ¡Estos humanos son inaguantables!¡ Le tendré que proponer a Hera que no escatime a la hora de infligirles pequeñas desgracias a esos malcarados!

A lo que el gato respondió con un suave ronroneo mirando a su nuevo amo.

 

 

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