EL FILANDÓN

No recordaba un amanecer tan perfecto, se asomó soñolienta a la puerta abierta que daba acceso al patio frente al monte Pajariel  la mañana no era demasiado fría pero una fina brisa la obligó a ajustarse la bata. Inspiró profundamente para llenar sus pulmones de aromas a rocío y a verde, el oxígeno que en la ciudad le faltaba.

Un sonido surgido de entre los matorrales la distrajo, parecían pisadas en la hierba. Su mirada concentrada en el paisaje se perdía en el montículo  de maleza, durante un instante le pareció distinguir agazapado a un cuadrúpedo de pelo oscuro frente a ella aunque no podía estar segura del todo.

-Un perro, o quizá un zorro.- pensó

En épocas de escasez al final del invierno los zorros solían bajar del monte hasta las zonas pobladas para buscar pequeñas presas, con suerte algún polluelo o gallina  que hubiese saltado fuera del corral, incluso conejos que salían a pastar en el llano junto a la casa.

El abuelo la había enseñado a detectar sus madrigueras y a observarlos en silencio para no asustarlos.

Pero aquello no parecía un conejo, su tamaño era demasiado grande hasta para un zorro. Llegó a la conclusión de que un perro quizá abandonado vagaba por la zona en busca de pequeños roedores. Recordó cuánto le hubiese gustado tener un fiel mastín que la acompañase por sus paseos cada vez que salía a caminar pero en su ciudad donde el espacio y el tiempo eran bienes escasos y preciosos, no pudo ser.

Instintivamente silbó.

Con los dedos muy juntos, medio y anular de cada mano, obligó a la lengua a doblarse hasta encontrar el hueco perfecto para producir un afilado sonido. Esta técnica, heredada de su tía Maruja  y que había perfeccionado de niña con todos los dedos de sus manos, no fallaba nunca.

De entre los arbustos saltó un magnífico animal de pelo gris con una enorme cola y el pelaje del lomo erizado, en posición de ataque.

A Mencía el pulso se le aceleró y el líquido de sus venas se tornó espeso y azul hielo para paralizarla un segundo, el tiempo justo de recordar que todas las ventanas de la casa y la puerta trasera estaban abiertas, no le gustaba sentirse encerrada y era demasiado confiada.

Se lanzó a la carrera a cerrar todo y un fugaz recuerdo la trasladó a la noche del filandón. La misma noche en que su tía la inició en la rueda de relatos, entre las mujeres del pueblo junto al fuego, que juntas y alrededor de la lumbre recordaban historias en las que la intriga y el miedo eran la trama principal.

Así supo Mencía de bien temprano lo que era un fusilado, un rojo, el hambre, un alma en pena y una viuda de la guerra.

Todavía parecía poder oírlas: “fueron dos preciosos animales los que se llevaron. Primero el Listo, luego el Leal. Al listo logramos arrancárselo de las fauces a aquella bestia de ojos rojos. Pero otro día volvió a por el Leal, y de este pobre solo dejó el collar ensangrentado en el suelo.”

Justo a tiempo llegó a cerrar la puerta principal. Respiró aliviada y se asomó a la cristalera, afuera todo parecía en calma. Mencía rio fuerte, una carcajada histérica, una mezcla de alivio y vergüenza de su propia cobardía. Poco a poco comenzaba a volver el calor a la cara y las manos para a derretir sus venas, se sentó en el sofá.

Un olor extraño le produjo un escalofrío que recorrió su nuca, notó el aliento cálido en ella y se giró muy despacio justo a tiempo de ver la boca abierta, los ojos fijos y negros escrutándola al menor movimiento y un destello blanco en los caninos afilados.

Mantuvo la calma y con un movimiento decidido se llevó los dedos a la boca. De un salto el lobo se acercó a ella expectante. Lo miró a los ojos y mantuvo unos segundos la mirada, ya no tenía miedo. El animal relajó el lomo, bajó la cola y se tumbó a sus pies.

Una corriente de aire cerró la ventana, un sonido seco la despertó y abrió los ojos despacio, todo había sido un sueño.

Jared respiraba a su lado profundamente dormido, podía percibir su ritmo cardíaco, sus pulsaciones, se levantó sigilosa de la cama y caminó hacia la estantería junto a la ventana buscó en el libro de los sueños que leía cuando todavía era una adolescente y trataba de encontrar respuestas. Comenzaba a amanecer y todavía no había desaparecido del todo la luna.  El viento mecía las copas de los árboles en un susurro.

Leyó: Según la mitología, soñar con lobos que no te atacan simboliza tu parte instintiva, símbolo de energía masculina y femenina, quizá este sueño trate de advertir de algo sobre lo que haces o sobre quienes no son tan leales como parecen.

_Sonrió para sí, quizá ella misma era el lobo de su sueño. Puede que ya fuese hora de contar a Jared quien era ella en realidad y por qué había llegado hasta aquella casa.

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