Amistad

fosaCuando se abrió el maletero del coche, ambos se asomaron a su interior como si no supiesen lo que había dentro. Enseguida, el fuerte hedor que salía de aquellas 5 bolsas que supuraban sangre, les hizo retroceder unos metros. Y pensar que hacía apenas una hora esa chica estaba de una sola pieza.
Carlos y Ezequiel, amigos desde el instituto y que compartían piso desde que ambos acabaron la carrera, no paraban de mirarse. Para ser la primera vez que descuartizaban a alguien no parecían llevarlo muy mal, aunque el color grisáceo de su cara y el sudor frio recorriéndoles la frente les recordaba que aquello que hacían estaba mal.
Removieron con asco los sacos para poder coger las dos palas del maletero que, torpemente, habían metido allí dentro antes que los restos humanos. Un error de novatos.
TRES DE LA MADRUGADA:
Ezequiel volvió del cine. Hacía años que Carlos y él habían pactado que si a alguno de los dos le salía un plan erótico-festivo, avisaría al otro para que no llegara a casa antes de las 2 de la noche. Cada vez que el guapo de Carlos follaba, el simpático de Ezequiel iba al cine. Ya llevaba 4 películas esa semana. Si puedes ayudar a tu compañero a llevarse a una chica a la cama haces lo que sea, aunque sea ver películas serbo-húngaras subtituladas. Cosas de la amistad.
Eran más de las tres cuando llegó, así que supuso que ya no habría ninguna chica en su casa. Estaba toda la casa a oscuras y solo un poco de claridad salía de la habitación de Carlos, la tenue luz de la farola de la calle que se colaba por entre las cortinas del cuarto de su amigo. Era raro que durmiese con la puerta abierta. Estaría despierto, pensó. Pero no, ni siquiera estaba él. Le sorprendió ver tumbada en la cama, semidesnuda, a una chica. Una mujer con un bonito culo. Ezequiel sonrió y fue a buscar a Carlos. Le suponía durmiendo en el sofá, en el water o en la cocina, pero no estaba. Le llamó, incluso levantando demasiado la voz para ser las tres y media de la noche. Nadie le respondió y la chica ni se inmuto a pesar de los ruidos. Carlos no solía dejar allí a sus conquistas y, menos, irse con ellas allí. Algo raro pasaba.
Ezequiel fue a despertar a la chica. Estaba preocupado por Carlos. La tapó, como el gentleman que era, y después procedió a intentar que se cayera de los brazos de Morfeo. Estaba fría. La zarandeó, casi con violencia, pero no reaccionaba, no volvía en si. Empezaba a subirle las pulsaciones. Encendió la luz y, al hacerlo, observó la habitación. No había reparado en ella por la oscuridad pero al hacerlo se quedó parado, algo muy gordo había pasado allí. Cristales en el suelo, una ventana rota, polvitos blancos sobre un espejo pequeño, unas manchas viscosas blancas sobre la cama que esperaba, que fuera simplemente semen y sangre, mucha sangre, sangre por todas partes. A simple vista, el cuerpo presentaba varios cortes profundos a la altura de las costillas, por donde emanaba litros de líquido rojo. Ezequiel, al borde del colapso, cogió el espejo con los restos de cocaína y con una rápida batida de su brazo, a modo de limpiaparabrisas, lo limpió para después colocarlo bajo las narices de la chica del culo bonito. Nada de vaho. Ninguna exhalación. Cero de vida. Retrocedió unos metros muerto de miedo.
─¿Pero qué has hecho, Carlos?─pensó en voz alta.

 

Apenas se veía nada en aquel bosque que había a las afueras de su ciudad, a pesar de eso se movían con destreza. La adrenalina, el temor a ser descubiertos, en lugar de agarrotarles los músculos, les daba alas. En apenas media hora ya habían hecho un agujero suficientemente grande como para meter dentro las cinco bolsas. Una con la cabeza de la chica, otra con el tronco, cada pierna envuelta individualmente y en la última, los dos brazos. Parecía el sitio adecuado para enterrar aquel maquiavélico puzle. A lo lejos, tras la marabunta de árboles, solo podían ver los pisos más elevados de un viejo edificio, pero habían conducido sin luces para no ser vistos y era imposible que desde allí les oyeran. Si, parecía el sitio correcto, sin duda.

 

4:15 DE LA MADRUGADA:

Cuando llegó Carlos a su casa, le extrañó ver luz en su habitación. Conocía a Ezequiel y sabía que él jamás entraría en su habitación sin permiso salvo que fuera una situación de vida o muerte. Lamentablemente así era.
Su cama estaba ocupada por la chica, las sabanas estaban todas manchadas de sangre y en su silla, la que solía estar permanentemente llena de ropa sucia, estaba su amigo, sentado y con su cabeza enterrada entre las manos, llorando.
─¿Ez…Ezequiel? ─dijo sin dejar de mirar su cama─. Dime por favor que la tía esta no está muerta.
─¿Qué clase de persona hace esto?─decía entre balbuceos Ezequiel ─. ¿Qué clase de persona viola y mata así?
─¿Está muerta?, ¡mierda, joder! ─no parecía especialmente infartado a pesar de sus aspavientos ─. Y violada…
─Sí, violada, ¿te sorprende? ─dijo elevando la voz y con cierto retintín─. ¡¡Una violación de libro!!. Después de 4 años de carrera de medicina, 5 de residencia, un MIR y dos años de ginecólogo, te puedo asegurar que sé ver una violación nada más verla y para esta no me hacía falta nada de eso. ¿No me digas que todo esto te sorprende? ─volvió a preguntarle.
─Hombre, joder, sí me sorprende, pero vaya… esta habitación ha visto de todo ─miró a la mesita, llena de cajones abiertos ─¡De puta madre! Esa es mi coca─ dijo lamentándose.
Ezequiel se levantó indignado con las respuestas de Carlos y golpeó con violencia la pared hasta que la sangre de sus nudillos se quedó incrustada en el yeso.
─Vale, vale…vamos a calmarnos. ¿Qué vamos a hacer? ─Carlos miraba para todos sitios menos para su compañero de piso─. No podemos dejarla aquí, en mi habitación.
─¿Cómo que qué vamos a hacer? ¿Qué quieres hacer? Habrá que llamar a la policía. Esto es demasiado gordo.
Carlos se apresuró a colocarse enfrente de su amigo, para hacer contacto visual. Ambos estaban asustados y les costaba hablar.
─No, no, no, no…a la policía no podemos ir. ¿Estás loco? ─dijo apresuradamente ─. Esto no es como robar caramelos en una tienda. No había pasado esto antes y seguro que no vuelve a pasar ─se levantó y durante unos minutos estuvo dando vueltas por la habitación, pensando ─. ¿La has tocado?
─¿Cómo que si la he tocado?─Ezequiel alucinaba con la pregunta
─Bueno, es obvio que sí, pero digo… sin guantes.
─¡Pues claro que la he tocado sin guantes! Yo no voy por mi casa con guantes en las manos. ¿Qué mierda de pregunta es…─a mitad de la pregunta se calló
Ezequiel se levantó de la silla. Le faltaba oxígeno. Empezaba a entender la pregunta de Carlos. La chica tenía sus huellas por todo el cuerpo, cuando intentó despertarla, al ver si respiraba, al darle la vuelta para ver que heridas tenía…nadie se creería que no tenía nada que ver con aquella chica. Carlos también estaba muy nervioso, pero parecía mantener suficientemente la calma como para tomar las riendas de la situación.
─Deshagámonos de ella ─dijo Carlos ─. Aquí no ha pasado nada. Nadie debe saber esto.

 

Cuando ya estuvieron los 5 sacos a bastante profundidad, empezaron a echar tierra encima. Empezaban a dar muestras de debilidad, había sido una noche larga y dura. La humedad se estaba colando entre sus huesos, la arena se amontonaba dentro de sus botas y el dolor se acumulaba en sus brazos después de casi una hora moviendo tierra. La pena y la rabia también se les metía entre los huesos, se amontonaba en sus botas y se acumulaba en sus brazos a una gran velocidad, como si fuera la más rápida y mortal de las metástasis cancerígenas. Ninguno hablaba, no lo necesitaban. La amistad se demuestra estando al lado de las personas en los peores momentos y este, era uno de los peores, sin duda. “Si mi amigo necesita dos brazos para enterrar un cadáver, ahí voy a estar yo”.

 

4:47 DE LA MADRUGADA:

Al final le dieron uso al cuchillo eléctrico que la madre de Carlos les regaló hacía 4 años. Estaba lleno de polvo. “Tenemos que tirar esto” decía siempre Ezequiel, “no lo usamos nunca”. Pues mira por donde, al final le dieron uso. Fue un poco cómico, digno del mismo Berlanga, tener que cargar la batería, ya agotada, para poder descuartizar a la chica del bonito culo. Esa media hora la aprovecharon para ir a fumar y quitarse, a base de café y ginebra, los nervios. Podrían haber aprovechado para limpiar la habitación y, de hecho, lo intentaron, pero el olor a hierro de la sangre se les metía en la cabeza y se mareaban.
Dejaron el lavabo hecho un cristo, pero la cosa fue bastante rápida una vez metido el cuerpo en la bañera. Ezequiel, como médico que era, sabía bastante bien por donde cortar. Algunos huesos ofrecieron resistencia pero ahí donde no llegaba el cuchillo eléctrico, llegaba la pata de cabra que Carlos cogió del coche por si acaso y que utilizaron para hacer palanca en las zonas complicadas. Cada sonido de hueso roto se les clavaba en el alma.
Para evitar que los trozos se desangraran, los cubrieron con pañales que la hermana de Carlos se había dejado allí olvidados una vez que dejó a su hija a dormir con ellos. Sujetaban estos a base de celo y de las tiras de pega que ya llevaban. No sé si habéis visto alguna vez un cuerpo descuartizado envuelto en pañales, pero es muy desconcertante. Después, cada trozo empañalado adecuadamente, fue metido en unos sacos que tenían por casa.
Ya con los sacos en la calle, justo antes de subir al coche, vieron que los pañales no retenían tan bien los líquidos como decía su engañosa publicidad y que empezaban a gotear sangre. Por suerte, ningún vecino les vio quitar las sanguinolentas manchas del suelo con las toallitas húmedas que también se dejó allí la hermana de Carlos.

 

6:11 DE LA MAÑANA:

Al dar la última palada, Ezequiel se sentó en el suelo a fumar, mientras Carlos ponía ramas y hojas encima de la tierra. Se notaba que estaba removida, pero daban por hecho que en un día o dos, se pondría del mismo color que el resto. No era zona de paso. Eso no debería representar un problema.
Mientras buscaba más ramas, Carlos, vio a lo lejos, dos coches de policía que se acercaban hacía donde estaban ellos. Algún vecino de aquel edificio que veían, debía haberlo visto todo y llamado a la policía.
─¡Mierda! ─dijo lo suficientemente alto como para llamar la atención de Ezequiel, pero lo suficientemente bajo como para advertirse a si mismo que se le habían acabado las fuerzas.
Ezequiel, lo miró y enseguida vio las luces de la policía aproximándose.
─¿Qué hacemos, Carlos? ¿huimos? ─Dijo muerto de miedo, casi llorando
─No. Ya deben habernos visto ─se sentó en el suelo mientras lanzaba con violencia la pala ─. Se acabó.
Ezequiel empezó a dar vueltas descontroladamente, con las manos en la cabeza, una vez más. Probó todas las combinaciones posibles de las palabras “Mierda”, “joder” y “Hostia puta”, como si quisiera encontrar la alineación adecuada de estos términos que pudiera hacer que salieran airosos de allí. No podía creerse que los hubieran pillado. No podía creer que, por ayudar a su amigo en ese momento de locura transitoria, fuera a ir a la cárcel.
─¿Por qué coño la has matado Ezequiel? ¿Por qué?, ¿quién era? ─Preguntó Carlos en voz baja, como si estuviera hablando consigo mismo─. Necesito que me digas que pasó y necesito que merezca la pena haberte ayudado.
Un escalofrío sacudió a Ezequiel. No sabía si esta pregunta de su compañero de piso era una broma macabra, un intento de volverle loco o la consecuencia de que Carlos si se hubiese vuelto majara.
─¿Perdona?─La sirenas y las luces de los coches de la policía se integraron en su conversación─. ¿Cómo que por qué la he matado? La has matado tú. ¡La has matado tú, cabrón de mierda!
Silencio. Ezequiel solo obtuvo como respuesta una negación con la cabeza mientras su amigo le miraba a los ojos. La policía había empezado a salir del coche, apuntándolos con sus pistolas mientras decían algo que los oídos de los dos chicos no podían oír. Ellos seguían mirándose y lamentándose por su torpeza mientras 4 agentes se acercaban, les esposaban y les daban alguna que otra hostia por si acaso. Ellos no ofrecieron resistencia, se habían quedado petrificados, helados. Una sensación de vacío y tristeza les dejó a merced de la poli, a los pies de la justicia. Acababan de descuartizar a una chica y realmente no tenían ninguna razón para hacerlo. Ambos pensaban que ayudaban a un amigo en un momento de locura transitoria y lo que hicieron realmente fue darle el último empujón para que acabara con sus huesos entre rejas.
─Ezequiel, eres un amigo cojonudo…pero deberíamos hablar más─ dijo Carlos mientras los subían al asiento trasero del coche.
Ambos, histéricos, empezaron a reír ruidosamente mientras el coche patrulla se ponía en marcha.

 

1:24 DE LA MADRUGADA:

Los tres jóvenes, con la adrenalina y la valentía que solo dan las drogas, lograron subir hasta un segundo piso a base de trepar por el cableado, de dudosa colocación, del edificio donde vivían Ezequiel y Carlos. Con la torpeza que solo genera el alcohol atravesaron una ventana que, estando abierta, solo tenía que ser corrida hacia un lado. La primera en entrar fue la chica, una preciosidad de mujer que dejó el tortuoso mundo del ballet para dejarse caer en el fascinante mundo de la drogadicción, aun así, conservaba un bonito culo curtido en horas y horas de baile. Ella despejó la ventana de cristales, algunos con sus desnudas manos, otros con sus costillas, donde se clavó varios trozos enormes y que finalmente acabarían con su vida. Los otros dos chicos, varones ellos, entraron después a través de una ventana que ya no oponía resistencia a base de vidrios. La bailarina les había hecho un buen pasillo.
La idea era buscar móviles, consolas, etc.. Cualquier cosa que pudiese ser vendida o cambiada por unos pocos gramos. Sabían que allí vivían dos jóvenes y que seguro que encontrarían tecnología suficiente para pasar una buena noche. La chica del bonito culo balbuceó que sentía un dolor raro, como de flato y que se iba a estirar un rato en la cama. Con la ceguera que solo dan las drogas nadie se percató del reguero de sangre que iba dejando. Los otros dos chicos, jóvenes de buena familia reconvertidos en ovejas negras por sus seres queridos, la dejaron estirarse. No había prisa.
¡Eureka! El más lúcido de ellos encontró entre los calcetines de uno de los cajones de la mesita, un paquetito de papel de plata. Al abrirlo vio que se trataba de cocaina. Un montón de polvitos blancos. Con la impaciencia que solo producen los opiáceos mezclados con speed, decidieron los dos chicos que se darían un homenaje allí mismo. La chica dormía en la cama, así que lo dividirían solo entre ellos dos y se lo meterían por sus narices. Habían tenido mucha suerte.
Menos suerte resultó tener la chica que, con el fresquito que solo causa la muerte, permanecía allí, fría e inmóvil, envuelta en un manto rojo y húmedo. Sus compañeros, amigos del alma suyos desde hacía 12 horas, se habían acabado su porción del tesoro y con sus fosas nasales enharinadas decidieron hacer caso a las vocecitas de sus cabezas. Aquella voz penetrante que les decía que tenían que follarse a la chica del culo bonito, la chica que llevaba casi 12 horas con ellos, provocándolos con sus posturitas y sus leggins. Aquella voz les decía que ella lo estaba deseando y que seguro que no ponía resistencia. Efectivamente, no movió un músculo.
No sé en que momento se dieron cuenta que ella no volvería a la calle con ellos. No sé si se dieron cuenta, si quiera.

Jose Ramón Vera Torres

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