Bajo mi cama

bajo cama

Desde pequeña, ya con 4 o 5 años, siempre había sentido la necesidad de, cada vez que estaba nerviosa, triste o enfadada, meterme debajo de mi cama, totalmente a oscuras. Dejaba pasar las horas, hasta que los problemas y los enfados, por la razón que fuera, desaparecían. Aún hoy, ya con 36, lo sigo haciendo, pero en lugar de meterme bajo la cama con Alfredo, mi osito de peluche, lo hago con mi hija Susana.
Yo era la pequeña de 4 hermanos, todos ellos varones. Siempre me hacían rabiar porque era muy fácil conseguirlo. “No soy yo. Son ellos, que me tienen manía” decía a grito pelado por el pasillo mientras me dirigía a mi cuarto. Mis hermanos decían que era una privilegiada porque solo yo tenía habitación propia en toda la casa y la verdad es que es de lo poco bueno que recuerdo de ser única en mi género, y casi en mi especie, en aquella casa.
Odiaba a todos mis hermanos por no dejarme jugar con ellos a indios y vaqueros o por no querer hacer peleas conmigo, por miedo a hacerme daño. Mi madre no ayudaba tampoco mucho. Se empeñaba en vestirme de cucurucho de fresa o de Sisi emperatriz. Ahora lo veo con perspectiva y la entiendo. Después de 3 niños, ¡muy niños!, le apetecía tener una princesa y jugar conmigo a ponerme ropita o peinarme como si yo fuese una muñeca, cuando lo que yo quería era ser uno de los del equipo A, como mis hermanos. Ya la perdoné por ello. Mi padre, en cambio, ni jugaba conmigo ni me vestía de repollo, simplemente llegaba a casa, se ponía el más feo de sus pijamas y se ponía a ver los toros o el futbol. Al menos con mis hermanos, viendo partidos, interactuaba. Conmigo no. Mi madre me obligaba a coser con ella o fregar platos cuando ellos estaban disfrutando del sofá viendo a 22 tíos correr tras un balón. Me moría de envidia.
Con esta perspectiva, no era de extrañar que me pasara un mínimo de 6 horas al día bajo mi cama, a oscuras. Al rato, cuando el sueño se apoderaba de mí y empezaba a quedarme dormida, alguien entraba en la habitación encendiendo el interruptor. Recuerdo, físicamente, el dolor que me producía en la vista cada vez que alguien lo hacía. Un fundido en blanco y unos minutos sin ver, hasta que mis pequeños ojos marrones se acostumbraban a la luz. Cuando por fin conseguía visualizar algo, solo recuerdo ver pies. Aprendí a interpretarlos, es lo único que veía desde debajo de la cama.
Así, si veía los pies de mis hermanos y estos estaban descalzos sabía que estaban jugando al escondite o algo similar, se los quitaban para no hacer ruido. Si veía a mi madre con solo una zapatilla es que llevaba la otra en la mano, con ganas de usarla como arma arrojadiza. Si mi padre aparecía por mi habitación con bambas, sabía que era lunes y que había decidido, como cada inicio de semana, empezar su peculiar operación biquini. Jamás salió a correr en martes y el biquini se convirtió en un bañador de señora mayor de los años 20.
Un buen día vi aparecer cuatro pies. Dos de chica, con tacón de aguja y dos de chico, con los pantalones a la altura de los tobillos. Él era mi hermano Fernando, lo reconocí por una mancha de nacimiento en el gemelo derecho. Los zapatos de tacón pertenecían a la que fue su primera y única novia. Salí de debajo de la cama corriendo porque pensaba que Fernando estaba asfixiando a la chica, por los ruidos que esta hacía sobre el colchón. Les jodí el polvo y les dejé a ambos a medio desvirgar. Mi hermano me empujó como pudo, con el pene aún erecto, contra la pared y se desplomó sobre mi cabeza el poster de Iron Maiden que tenía colgado. Mientras me lo quitaba vi huir despavorida a la vecina del quinto, la que ahora es mi cuñada, con las bragas por las rodillas mientras mi madre, que había venido a ver qué eran esos gritos, zarandeaba a mi hermano al grito de “¿ahora qué les digo yo a sus padres? ¡Te la voy a cortar, para que aprendas!”.
Después de semejante escena, digna del mismísimo Berlanga, jamás volví a meterme bajo la cama… hasta que empecé a hacerlo con Susana.

-¡¡¡Ahhh!!! ¿Qué es esto?- dije lo más bajito posible mientras miraba mi mano. Me había cortado y no sabía con qué. Volví a tantear, con cuidado, en la penumbra. Tenía que saber qué era eso y me daba igual lo perdido de sangre que estuviera dejando el suelo. Finalmente lo descubrí. Un cuchillo, el más grande de toda la casa. – ¿Qué hace esto aquí, Susana?
-Lo puse el otro día, mamá- dijo susurrando, con los ojos tan abiertos que podía ver en ellos el miedo, la tristeza y la rabia que yo misma también debía tener- Pensé que si Papá volvía a hacernos daño, deberíamos protegernos… ¿no?
Cogí la mano de Susana y la acerqué hacia mí, poniéndola bajo mi brazo, a modo de protección. Con la otra agarré firmemente el cuchillo mientras me resbalaba sangre de la herida por todo el brazo.
-Tranquila, mi vida. Papá no volverá a hacernos daño nunca más.
Mis ojos ya se habían acostumbrado a la luz, como cuando era pequeña, ya podía ver con claridad. No sé cómo íbamos a salir de esta pero no podía permitir que mi hija también se escondiera. Ya había permanecido demasiado tiempo bajo la cama.

José Ramón Vera Torres

 

 

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2 comentarios en “Bajo mi cama

  1. Como todo lo que escribes, me ha encantado. Mantienes el mismo humor de tu novela y consigues ponerte en la piel del sexo femenino. Has entendido perfectamente cómo nos sentimos las chicas al ser tratadas en desigualdad ante nuestros compañeros hombres y has sabido describir el pánico que sufre una mujer al enfrentarse a la violencia de género con muy pocas palabras. Genial el final en el que se intuye la transformación de ese miedo en fortaleza. ¡Bravo! (aplausos).

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