7 de julio

san-ferminLo único que puedo ver es el trozo partido de chocolate que a pocos centímetros de mi
nariz se derrite lentamente manchando la alfombra blanca. Una especie de parálisis se irradia desde mi estómago hacia mis extremidades. Hace unos segundos caí al suelo luego de morder el tercer bombón, tengo en la boca un horrible sabor agrio, no me sale ningún sonido de la garganta, imposible pedir ayuda, y aunque pudiera, nadie me escucharía. Desde la ventana abierta me llega el griterío de la plaza, en pocos minutos comenzará la cuenta atrás para el chupinazo. Mi cámara fotográfica y mis objetivos están preparados sobre la mesa. En el extremo opuesto de la habitación, mi mochila espera al lado de la puerta. Pero el espantoso ardor que me corroe por dentro me dice que nunca más volveré a hacer una foto, que la última habrá sido la de la cena de anoche con la peña, atracón histórico de estofado de toro y otras delicias. Los amigos recordarán mi entusiasmo al estar por primera vez en Pamplona, Leila dirá que me había advertido de una agresión, que en el poso de la taza de café turco que bebimos luego en su casa había visto algo como un oso perfilado, que eso era presagio de algo malo. También recordará mi respuesta: Yo creo que lo peor ya me ha pasado, le dije, y le conté que Marcel, mi marido, me llevaba engañando con otra desde hacía cuatro años. Que lo había descubierto unas semanas atrás, que ya había contactado con mi abogado y que él ya estaba elaborando la estrategia para quitarle hasta el último centavo. Pero ni Leila, ni los otros, sabrán que anoche al llegar a mi habitación me encontré con esa caja de bombones, mis favoritos, junto a una breve nota: “Por favor, tenemos que hablar cuando vuelvas”. La letra no era de Marcel, seguramente la escribió alguien de la recepción del hotel a quien se le encargó dejar la caja sobre la cama. No, no hablaría con él, por supuesto. Pero claro que me comería los bombones. El muy desgraciado sabía que así lo haría, que nunca había podido resistirme a ellos. Me pregunto qué veneno habrá utilizado, si aún se podrá detectar luego de que encuentren mi cadáver. Maldito enfermo. Maldito puto enfermo. La gente, allá abajo, está eufórica y expectante. Con un esfuerzo máximo, logro mover unos centímetros mi mano y coger el trozo de bombón casi fundido. Ya casi lo tengo. El pueblo en la plaza ruge y enloquece. “Pamploneses, pamplonesas.. ¡¡Viva San Fermín, Gora San Fermín!!”. El chupinazo es casi inaudible. En la alfombra blanca, alcanzo a escribir M A R C con el chocolate como tinta, porque mientras todos se lanzan al desmadre, a la fiesta, a la vida, mi mano se paraliza, mis ojos se cierran… pobre de mí…pobre de mí…se me han acabado las fiestas de San Ferm…

Giselle García

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