EL CHIQUILLO QUE ACARICIABA LOS AVIONES

Per Montserrat Baduell Latorre

Posa sus pequeñas manitas y las desliza suavemente por la superficie lisa y brillante del ala del avión. Lo acaricia casi con reverencia, como si fuera la cosa más frágil y delicada del mundo.ninos-avion

Alza la mirada y sus ojillos miran el aparato, absorbiendo cada detalle, tuercas, remaches, memorizando en su retina ese momento que guardará como un tesoro durante años. Ha ido con sus padres a una exhibición aérea y pasea feliz entre esos monstruos alados y aunque es pequeño, en su interior ya bulle la necesidad de hacer de esa pasión su forma de vida.

No en vano ha heredado de su padre el amor por la aviación y quizás, la gran maqueta que cuelga en la pared frontal de su habitación haya tenido algo que ver en esto. Por las noches cuando se acuesta es lo último que ve antes de cerrar sus ojos y por las mañanas es lo primero que ve cuando se despierta.

Pasan algunos años y cuando, por fin, tiene que decidir su futuro, no le cabe la menor duda. Si no puede ser piloto, será mecánico de aviación. Su vida estará ligada a su mayor pasión. Los años no han conseguido apaciguar ni un ápice su vocación, más bien al contrario. Toda su vida gira alrededor de ella. Fabrica maquetas, se introduce en foros especializados y cuando llega el momento visita el Instituto que ha de formarle como profesional de esa especialidad.

Al entrar en el centro sus ojos se le iluminan y a cada aula que visita su entusiasmo es mayor. Pero es cuando entra en el hangar y se topa con un antiguo avión con el que practican los alumnos que sus manos, sin poder evitarlo, vuelven a acariciar las alas de este viejo amigo. Es entonces cuando un profesor ya canoso, testigo de varias generaciones de locos por la aviación, se fija en ese chico y ve como toca el aparato. Lo hace como lo haría un muchacho a su primera novia. Con cuidado, con devoción… El profesor, impresionado, no puedo evitar comentarlo con sus padres:

– Lo suyo es vocacional, sin duda. Mirad como acaricia el avión.

Y sus padres, sin ocultar su orgullo, le comentan que en cuanto acabe sus estudios primarios, quiere obtener una plaza en ese instituto para ser mecánico de aviación. A lo que les responde:

– Vuestro hijo llegará lejos en esta profesión.

Ya han pasado varios años. Entre sudor, lágrimas, desilusiones y mucho esfuerzo, ese chiquillo, que ya se ha convertido en un hombre, está a solo un paso de conseguir su propósito. Esa ilusión, ya es una realidad. Pronto, ese muchacho volverá a acariciar las alas de los aviones que tanto adora pero con la seguridad de que su sueño de la infancia se ha cumplido.

Ese hombre es mi hijo y se llama David.

 

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