Hojarasca

Hojarasca
Olía a tierra húmeda y estaba comenzando a oscurecer aquella noche cerrada sin luna. Tras el cristal de la ventana las aves revoloteaban inquietas, desorientadas quizá organizándose en bandadas para refugiarse de una tormenta inminente.
Un resplandor iluminó momentáneamente el lúgubre paisaje de ramas y hojas secas. A lo lejos el sonido bronco y grave de un trueno retumbó repetidamente ahogándose en su propio eco.
Creí oír golpes en el portón de madera del piso inferior de la gran casona. El viento comenzó a silbar en señal de advertencia y las hojas de los árboles se susurraban cuchicheos, gruñidos y lamentos rascándose unas contra otras.
Traté de calmarme…sólo es el viento…
Tuve un mal presagio. El pulso comenzó a acelerarse dentro de mis muñecas y mis sienes. Notaba los latidos de todo mi cuerpo en la garganta.
Volví a oír los golpes, esta vez con claridad. No tuve duda de que eran reales.
Me asomé a la ventana y me pareció ver la silueta entre las sombras de una figura femenina. La piel de mi nuca comenzaba a erizarse y noté como mis manos temblaban de manera incontrolable. Traté de respirar hondo, de alejar los pensamientos negativos… sin conseguirlo.
La boca seca me sabía a óxido de mi propia sangre bombeando sin control. Bajé las escaleras lo más deprisa que pude al ritmo de los golpes insistentes con la aldaba metálica en la vieja puerta. Cuando llegué a ella me detuve en seco, tomé una bocanada de aire gélido que llenó mis pulmones y entrecortó mi respiración. Abrí el portón y tras él, como un espectro pude distinguir con claridad la figura que había visto desde la ventana del piso de arriba.
El rostro lívido, desencajado, el pelo lacio, sucio y húmedo de sudor frío, el sudor del terror… Sus ojos negros de mirada penetrante estaban paralizados, me hablaban inmóviles…sin parpadear ni pestañear…diciéndolo todo dentro de aquella cara sin rasgos de expresión humana.
La reconocí, apenas habíamos cruzado cuatro frases desde que llegué al pueblo pero sabía que vivía en la casa de al lado, que no se relacionaba con nadie y que las malas lenguas rumoreaban que estaba maldita.
Comenzó a balbucear…palabras inconexas, ininteligibles…giró sobre sus propios pasos y comenzó a caminar despacio como una autómata…repitiendo sin parar la misma frase una y otra vez…
“estaba de pie ante él, y se balanceaba atrás y adelante…atrás y adelante…atrás y adelante…”
La seguí sin comprender, intentando adivinar, sin articular palabra hipnotizada por el miedo, el desconcierto,…por pura inercia…algo terrible debía de haberle sucedido.
No me atrevía a sacarla de su estado de shock, parecía una sonámbula. Caminamos dos eternos minutos hasta que llegamos a la verja de su casa y una vez allí giró en redondo, ágil, como un animal que espera su presa y salta sobre ella para darle alcance cuando la tiene cerca.
Noté su aliento fétido cerca de mi cara y sus dientes amarillos y rotos sonreían en una risa de hiena. La expresión de sus ojos había cambiado y el rictus de su rostro contraído dibujaba ahora una sonrisa torcida en una mueca burlona y dantesca.
Había logrado engañarme y yo había caído en su trampa. Vi un plateado destello metálico en su mano derecha bajo la manga del chaquetón de paño raído. Mis reflejos evitaron que el frío metal atravesara mi abdomen pero no que rasgara mi piel. Sentí una punzada de dolor y la oí lanzar un aullido agudo de decepción al errar su puntería.
Corrí buscando refugio hacia el interior de la casa notando sus zancadas tras de mí, la esquivé y cerré la puerta. Tropecé a oscuras en el pequeño habitáculo pestilente con un cesto de paja del que salió rodando todo su contenido, hojarasca almacenada.
Había entrado en la guarida de aquel monstruo y yo sola me había metido en la boca del lobo.
Volví a oír aquel sonido gutural inhumano salir de su garganta pestilente…era su risa animal de triunfo.
No conseguía controlar mis piernas que apenas me sostenían en pie, me senté recostada junto a la puerta y recordé que llevaba mi móvil en el bolsillo de la chaqueta. Lo silencié y se iluminó. Estiré el brazo con él en la mano y recorrí la estancia, pude ver una vieja silla de madera y arpilla en el centro de la estancia pero no había ningún mueble más. Olía a rancio y a humedad, a cebollas y a patatas podridas y a herrumbre de las hoces y las azadas.
Los golpes habían cesado, la bestia se había calmado, ahora esperaba fuera soltando gruñidos expectantes de tanto en cuando convencida de que yo ya no podría escapar jamás.
Quedaba una raya de batería, supliqué para que hubiese cobertura y no se cortase la conexión, con un hilo de voz ahogada llamé a la policía y le di la dirección exacta y les advertí del peligro de la psicópata armada. Ahora sólo podía esperar tras aquella última llamada telefónica de auxilio.
Mi móvil vibró por última vez en un estertor de batería entre mis manos. Suspiré. Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, miré hacia el techo intentando serenarme y descansar.
Un escalofrío recorrió mi columna vertebral y la hizo estremecer de arriba abajo… Acababa de caer en la cuenta de mi error fatal. Como una cruel broma del destino había desperdiciado mi última posibilidad de escapar, mis nervios traicionaron a mi cerebro dando mi antigua dirección en la que jamás me encontrarían. La bestia había ganado.
Frente a mí sobre aquella vieja silla pendía de una soga atada a la viga del techo el cuerpo inerte de un hombre. Sus manos, que colgaban yertas junto al cuerpo se estremecían como imbuidas de electricidad estática… o acaso… serían las mías.

Mar González

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3 comentarios en “Hojarasca

  1. Recuerdo cuando nos leíste este relato por primera vez, la entonación de tu voz, la delicadeza, la suavidad con que lo hiciste…..Inmejorable !!! Me ha encantado tu relato.

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  2. El ambiente está muy bién creado. Muy sensorial. El miedo se puede ver, oir, tocar y oler, sobretodo oler! I creas intriga, expectación, hasta el inesperado final! Felicidades, has superado muy bién la prueba del género!

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